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27 de diciembre (5 años después)

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Hace ya 5 años de esta entrada.

Cómo pasa el tiempo. Parece que fue ayer cuando la escribí y ya han pasado 5 años.

Muchas veces me he planteado, ¿qué me diría si pudiera ir al pasado y hablar conmigo mismo? Y siempre llego a la misma conclusión: realmente nada, porque soy lo que soy porque hice lo que hice. Si no fuera así, todo sería diferente. Efecto Mariposa, lo llaman.

Pero dejando a un lado las cuestiones metafísicas, y actuando de corazón, creo que me preguntaría qué pienso del futuro. Hacerme preguntas que antes no me hacía, por miedo a la respuesta.

Aquella entrada del 27 de diciembre del 2007 hacía un repaso de la infancia de aquél niño nacido en el 81.

Hoy quiero repasar estos cinco años.

Aquella persona de la que hablo en la entrada, ya no es tan cercana, pero todo acabó bien, algo que gráficamente se vería como un apretón de manos y un “gracias por todo”.

He conocido a grandes personas en estos 5 años, personas que me han dado mucho y me han enseñado.

Entre ellas destaco a Antonio, un gran jefe y mejor persona. Las circunstancias son las que son, y no las voy a decir, pero me enseñó que hay gente que hace lo que haga falta por hacer las cosas como su corazón le dicta, a pesar de todo. Ese hombre me marcó mucho, y le debo tanto, que creo que nunca podré agradecérslo lo suficiente.

A todos los integrantes de Acelerados Networks, una empresa en la que aprendí mucho y me dio grandes momentos.

Cristobal, qué decir de él. Todo lo que pueda decir es poco. Me ha dado y me sigue dando muchas lecciones de vida y profesionalmente he evolucionado mucho gracias a él.

Y mi niña. Mi gran amor, el que siempre he estado buscando. Alguien que esperaba con ansia, y ya lo he encontrado. O ha venido a mí. El caso es que a día de hoy, la vida es diez mil veces mejor gracias a ella.

Veréis, si por algo me gustaría hablar con aquél Óscar de 26 años (o de cualquier edad), es para preguntarle por las parejas, su futuro amoroso, etc. Sé lo que pensaba, pero hay preguntas que sólo podría contestarla allí, in-situ.

Dependiendo del momento, contestaba una cosa u otra. Nunca nada radical, pero siempre con un toque melancólico, como esperando, como recordando el futuro, algo que podrá ser y quizá tarde en llegar.

Preguntas a veces sin respuesta y otras con respuesta a medias. Si hablara con él, seguro que me diría que no pierde la esperanza, pero no sabe cuándo llegará. Lo ve lejos, pero no imposible.

La conversación entre yo y mi yo del pasado sería más o menos así:

-Oye, ¿cómo te ves en el futuro desde el punto de vista amoroso?
-No sé, la verdad. Todo lo veo turbio. Mi futuro amoroso es algo que jamás he visto claro.
-¿Cómo te gustaría estar?

Se quedó pensativo un rato y luego dijo:

-Una chica, viviendo juntos, compartiendo momentos, de la que me sintiera orgulloso, sin complicaciones… como papá y mamá. Tú sabes, fluído, sin pegas, peleas ni riñas.

Se quedó callado un momento, sonrió con aire romántico y luego añadió:

-Me veo paseando por la playa, viendo el atardecer, cogido de ella de la mano. Hablando de todo.

Eso me recordó mi primer día con mi novia. En la Cruz del Mar de Chipiona, viendo ponerse el sol, charlando. Pero no dije nada. No era bueno darle pistas, o podría estropearse todo. En lugar de eso, le hice una pregunta dura, pero que siempre había estado en mi mente.

-¿Confías en ti para una relación?
-No. Sinceramente, desconfío mucho de mí, me da miedo no estar a la altura. Creo que papá y mamá han puesto el listón muy alto, y ellos empezaron antes. Lo veo tan idílico, que pienso que todo lo que venga será peor, y me da miedo no saber cómo reaccionar.
-Todo es cuestión de proponérselo, y es cosa de dos, ya sabes. Si con alguien no estás bien y no es lo que crees, lo podéis dejar.
-Ya, eso es muy fácil de decir, ¿pero quién se separa de alguien después de buscar tanto? Dudo mucho que tuviera furerzas para encontrar a alguien luego si me pasara algo así.

Se me vinieron a la cabeza muchas chicas que conocí y que tuve que dejar por no ser lo que buscaba. Es increíble la fuerzas que saca uno en momentos difíciles. El amor todo lo puede. Le dije algo que le irritaría, pero tenía que decirlo:

-Tendrás que hacerlo. Créeme, tendrás ocasiones en las que no te compensará para nada.
-¿Y me quedarán fuerzas? ¿En serio? ¿De dónde sacaré las fuerzas?
-Del día a día, amigo. No habrá nada más potente que la perseverancia, y te darás cuenta tarde o temprano. ¿Recuerdas esos golpes de la vida que todo el mundo habla y que te hacen despertar y aprender? Pues esos te harán ser paciente, y seguir buscando.
-¿Lo conseguiré?

Me quedé pensativo un momento, sopesando la respuesta. No era fácil responder sin alterar el futuro. Me encogí de hombros dándole a entender que tendría que descubrirlo por sí mismo. Y añadí:

-Mírame a la cara y dime qué ves. Sé que puedes.

Me miró fíjamente. Su mirada irradiaba tristeza, como si le faltara la mitad de su vida, como si estuviera a medias. Esa mirada era de un hombre menguado por sus circunstancias. Se veía inseguro. Sus ojos vagaban cuando se distraía. A veces miraba a un lado, recordando; otras veces miraba al otro, inventando su futuro, navegando por situaciones y mundos que nunca existieron. Me dio pena de aquel muchacho, porque no vivía el presente, siempre se refugiaba en el pasado, otras en el futuro.

-Te veo muy maduro -dijo por fin, con un toque de envidia-. Madre mía, lo que daría por tener tu sabiduría y seguridad ahora mismo. Te ves feliz, es como si alguien con una varita mágina te hubiera tocado y hubiera dado la vuelta al calcetín. No veo duda en tus ojos. No veo la razón o motivo por el cuál puedo llegar a evolucionar tanto en tan poco tiempo.
-Quizá sí lo sepas -añadí recordando mi gran cambio en la vida-. Piensa en tu cambio de personalidad en 4º de ESO. ¿Recuerdas? Pues algo así te ha pasado.

Le cambió la cara, agachó la cabeza y dijo sin mirarme:

-¿Habrá otra como esa? ¿Tan mal estoy y no me doy cuenta?
-No es que estés mal, Óscar, es que siempre hay algo que aprender. Yo sé que ya has apreciado lo que te ha pasado por tu vida, pero también sé que envidias otras cosas y te lamentas en cierto modo de no tenerlas por haber sido lo que eres. Pero gracias a eso, serás como me ves. Y créeme, yo sé que a mí me queda muchísimo por aprender y muchos cambios como este que ves entre tú y yo.

Me miró y sólo dijo:

-Imagino.

Agachó la cabeza otra vez y me dijo con tono de súplica:

-Dime al menos si voy a encontrar a alguien.
-Mírame otra vez, Óscar. ¿Me ves feliz?

Afirmó con la cabeza mientras me miraba evitando mirarme a los ojos.

-¿Entonces qué importa si he encontrado a alguien o no? Estoy feliz, quédate con eso.

Me miró a los ojos y con sonrisa irónica (casi sarcástica), me dijo:

-Venga ya, Óscar. Eso no te lo crees ni tú. Sabes que lo que más quiero en este mundo ahora mismo es una pareja estable. Si no tuvieras a alguien no ibas a estar tan feliz. Dudo mucho que haya habido algo tan grande que te haya hecho cambiar de opinión tanto.

Esta vez fui yo el que agachó la cabeza. Tenía razón. Si no tuviera a mi novia, no estaría tan feliz. Yo mismo me veo en las fotos y la diferencia es avismal.

Me despedí de él deseándole mucha suerte y sólo dándole un consejo: que siguiera lo que le dictara su corazón.

Fue una conversación muy interesante. Me hubiera gustado decirle lo de mi novia, cómo la conocí, qué hemos hecho desde entonces, los recuerdos que tengo de estos dos años… Aunque esto lo reservo para la siguiente entrada. Hoy quisiera acabar diciendo que sin mis amigos y familiares cercanos jamás hubiera llegado donde estoy.

Mención especial para mis amigos Javi, Itziar, Nacho, Ana, Paco y Jose Mari. Sin ellos y los buenos momentos que hemos pasado juntos, hubiera sido imposible llegar adonde estoy.

Y evidentemente para mi niña. Sin ella no estaría donde estoy y no sería tan feliz. Te reservo la siguiente entrada para ti sola.

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Consejos para conductores

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En este mundo donde cada uno va a su bola, nadie escucha, nadie mira, nadie aprende, nadie pide perdón, nadie da las gracias… a veces conducir relaja a muchos y estresa a otros. El resultado son unas calles y carreteras cargadas de costumbres, malas costumbres y conductas temerarias, que hacen que conducir, lejos de ser relajante y un placer, se convierta en un suplicio.

No llevo mucho de carné para lo que llevan nuestros padres e incluso abuelos, pero en lo poco que llevo he visto mucho y me ha dado tiempo a aprender. Me ha dado tiempo a hacer tonterías y aprender de ellas. La suerte de que ninguna de esas malas costumbres y reacciones imprudentes me haya causado daño, ha hecho de mí una persona bastante más prudente.

He aquí unos consejos que he ido recopìlando en mis años de conducción (y en el último año y pico, de mis más de 30 70 mil kilómetros recorridos).

Carril izquierdo para adelantar

Si hay algo que moleste a los conductores legales, es encontrar el carril izquierdo lleno de gente adelantando al aire que circula por la derecha.

Recordemos que este carril izquierdo fuera de ciudad es para adelantar, única y exclusivamente, excepto que el derecho sea un carril para tráfico lento o un carril especial, etc.

En mis años yendo y viniendo de Algeciras, he descubierto que volviendo al carril derecho, se gana tiempo. Recordad que si el carril izquierdo está con tráfico intenso y tú vas por el derecho, en teoría no deberían decirte nada por revasar a los que circulan por él. Te lo permite las normas de tráfico y además, intentar evitarlo, supondría entorpecer también el carril derecho. Así que si eres de los que te gusta entorpecer el carril izquierdo, ya sabes si te adelanta alguien por el derecho, siéntete ridículo y estúpido y haz lo mismo. Pero, OJO, sólo se puede aplicar si (y sólo si) el carril izquierdo va más despacio que el derecho. Si tú con tu vehículo, a la misma velocidad y sin aumentarla, adelantas a los que circulan por el carril izquierdo. Aumentar la velocidad para adelantar por el carril derecho se considera adelantamiento y no está permitido.

También he visto que a veces la tortuga que te entorpece delante puede ser problema de otro. Si te molesta alguien que tienes delante tuya en el carril izquierdo y no se pasa a su derecha, déjale que se pelee con él el de atrás. Mi lema es “encárgate tú”.

Otro consejo es: “la paciencia merece la pena”. Si un día te encuentras con el carril derecho semiocupado (lo habitual) y el izquierdo “petado”, pásate al derecho y deja que pase la marabunta. Muchas veces, la aglomeración en un carril va por tramos, y si dejas que pasen todos, te dejan el carril para ti y adelantar sin presiones.

También he descubierto que en esta circunstancia, por el afán de adelantar y quitarse de en medio a los demás, casi siempre la velocidad aumenta por encima del límite permitido. Si me haces caso, llegarás al mismo tiempo o incluso antes, y además mucho menos estresado.

Los límites casi siempre están por algo

Vale, empiezo aclarando esto. Es cierto que hay muchas veces que es absurdo que se pase de 120 a 80 y luego a 120 sin motivo aparente (ejemplo, carretera A381, altura de Los Barrios, sentido Jerez), pero la mayoría de las demás circunstancias están para algo.

He visto porrazos en zonas tontas. He visto vuelcos en rectas larguísimas (misma carretera, A381, recta antes de la cementera, cerca de Jerez, unos 2 km de longitud).

120 km/h en algunos tramos es dormirse, pero en otros es matarse. Si encontráis una vía donde la velocidad es 80 km/h, hacedle caso, y por lo menos no vayáis a 100 km/h.

Si os fijáis bien, casi siempre hay algo por lo que justificar ese límite. A veces son curvas, otras veces casas cercanas, otras son la falta de arcén, otras son el estado de la carretera… No subestiméis un límite de velocidad o una prohibición.

Te han adelantado, pero no es nada personal

A veces, un adelantamiento se convierte en una lucha, una deshonra (“Dios mío, me han adelantado”). Es como las peleas del oeste, o cuando en una película un tío rozaba a otro, y se enzarzaban en una pelea.

Esto no es una película, aquí se adelanta porque quieres ir más rápido, pero nadie te tiene manía, ganas, hincha o como quieras llamarlo.

Pensadlo, cuando adelantáis a un coche que va más lento que vosotros, ¿pensáis “mira el majarón este. Lo voy a adelantar, se va a enterar. Qué se habrá creído el mierda este con un coche como ese… tengo que ir delante de él, nadie se pone por encima mía”? ¿A que no? ¿A que cuando adelantáis simplemente estáis pensando “voy más rápido, voy a delantarlo”? Pues todo el mundo es igual.

Nadie va en contra tuya, a nadie le interesa quién seas, dónde vayas o por qué vas a esa velocidad. Ellos simplemente piensan que tienen que llegar a ese lugar y que si hay algún coche más lento, lo adelantan. A los 10 segundos de adelantaros, ya no se acuerdan de ti.

Relájate

Si de algo estoy contento es de haber encontrado en el coche una forma de relajarme. Aprovecha los momentos de evasión que te da conducir. Vete por carreteras no transitadas, caminos tranquilos y disfruta de la conducción. Cuanto más acostumbres al cuerpo a sentirse tranquilo al volante, menos te costará afrontar los retos de una carretera repleta, un atasco o el “no llego” que nos viene a muchos.

Si aprendes a hacer de la conducción una forma de relajarte, tu modo de conducir poco a poco se hará más tranquilo, pausado y sin estrés.

Sal antes

Otro de los problemas de la gente es que calculan mal los trayectos, los imprevistos, los atascos, etc.

Sal 30 o 45 minutos antes de lo que creas conveniente. Siempre surge algo, siempre hay más tráfico de lo normal. Siempre te entretienes a última hora con aquello que se te ha olvidado coger.

Si te propones salir 30 minutos antes, ganas tiempo a la carretera, irás más tranquilo, porque sabes que vas a llegar, y te ahorrarás disgustos.

Refúgiate en el carril derecho

Si te encuentras con una carretera con muchos coches… hazme caso, vete al carril derecho, “acurrúcate” entre dos coches en ese carril, relaja el pie, olvida tu destino y escucha la radio o disfruta del paisaje.

A veces, el propio tráfico te hace estar más nervioso. Intentar hacer lo contrario es un ejercicio que te ayudará a no pasarlo tan mal en carreteras concurridas.

 

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Cierre de Megaupload y lo que supone

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Acaba de cerrar Megaupload el FBI. Por piratería, blanqueo y no sé cuántas cosas más.

Pero, ¿sabéis lo que me hace gracia? Que no saben el camino tan malo que están tomando. La Industria se cree la jefa suprema del cotarro, pero no se da cuenta que esa época ya pasó.

Hace años, había pocas cosas que rivalizaran con el dinero que movía el cine y la música. Nadie podía hacerle frente. Era lógico que pudieran mover hilos a su antojo.

Pero como he dicho, eso ya no es así. Ahora la Industria musical y del cine no son sino otras dos más entre tantas. Hay millones que se mueven gracias a otras cosas que no tienen nada que ver con ellos.

Con esto quiero decir que ya no se las deberían dar de tan importantes. Se perderían millones, sí, pero ya la sociedad no es tan cerrada como antes, ahora salen ideas de debajo de las piedras y cada día se crean nuevas empresas y proyectos que vienen a ser los que el día de mañana muevan los millones.

Pero lo peor no es esto. En su afán por proteger sus intereses y una forma de negocio tan antiguo, la Industria no se da cuenta que está dando golpes al aire y está empezando a recibir los que sí que manejan el cotarro de verdad: los bancos.

Imaginad lo que supone para Visa, Mastercard, Paypal y la ristra interminables de bancos el cierre de Megaupload. Imaginad la cara que van a poner cuando vean el dinero que se les va a ir por la pataleta de esos pequeños seres (a sus ojos, obviamente) llamados música y cine.

El día que ciertas empresas realmente gordas se mosqueen por lo que les haga perder esta gente, será cuando el mundo tiemble de verdad. En ese momento, mágicamente las denuncias a webs de enlaces desaparecerán, las leyes Sinde/SOPA/PIPA desaparecerán misteriosamente y la industria saldrá diciendo cosas como “hemos apostado por el futuro”, “ahora entraremos de lleno en el siglo XXI”, “se está creando una nueva plataforma para adaptar las páginas ‘ilegales’ a nuestro nuevo modelo”, etc., etc.

Tiempo al tiempo.

Yo lo veo como en esta escena. Intentaré representarlo lo mejor posible:

 

Varios señores penosamente vestidos con ropa que aparenta ser elegante, entran en un local grande. Su aire es altivo, dándoselas de importantes. Llevan maletines de plástico, con el símbolo del dólar y procuran que se vea. Su cara alta, con media sonrisa y mirando con una mezcla entre desprecio y narcisismo.

Hay mucha gente, de distinto tipo y cada uno se dedica a lo suyo. Hay gente más desaliñada, otra mejor vestida, grandes empresarios, niños, ancianos…

Sin embargo, entre tanta diversidad, hay un grupo de señores que sobresalen entre los demás. Son de mediana edad. Van muy bien vestidos, ropa como sacada de una película de cine negro. Hablan poco y casi siempre entre ellos. Todos saben quienes son. Se sitúan siempre en el mejor rincón del local. Nadie se atreve a contradecirles, nadie ocupa nunca su lugar.

Frente a ellos hay una mesa. Los papeles curiosamente ordenados parecen indicar que nada se les escapa. Casi todos están recostados. No miran a nadie en particular. Sólo miran al infinito o a su puro mientras hablan.

De vez en cuando giran la cabeza para ojear su maletín de piel, elegante, negro sin marcas ni símbolos. Cierres dorados con combinación.

La gente se acerca a ellos con cuidado. Unos salen contentos, otros tristes y algunos salen despavoridos ante la sola mirada inquisitiva del que se molesta en escucharles.

Los señores del maletín con el símbolo del dolar hablan fuerte para que se les oiga. Causan mucho ruido.

Detrás de ellos vienen los guaperas, los niños de la fama; gente que hace que las niñas griten y los tíos los envidien. Gafas oscuras, de sport y con sonrisa de  película.

A su lado se encuentran las chicas. Señoritas de cuerpos de infarto. A los tíos se les cae la baba.

Se acercan al centro del local, con gritos de niñas y babeos de niños. Muchos adoran a esa gente.

En su camino, golpean a varios chavales por escuchar música. Otros salen despedidos contra la pared sin poder mediar palabra.

Se encuentran con un empresario, se acercan a él, le dicen dos palabras, entran en una discusión y el empresario recibe un golpe que lo deja tirado en el suelo, sangrando.

En su mano llevan un látigo que balancean y restallan para infundir miedo. Este látigo a veces alcanza a alguien, otras veces apenas roza. Pero lo que sí hacen es molestar.

Así están un rato. Se paran en zonas concurridas, donde se reunen amigos, familias… Están haciéndose notar sin nada que les distingan de otros empresarios. Su única intención es ser más que nadie por cualquier medio.

Llegan al centro de la sala.

-¡Señores! -dice el que parece el jefe-. Aquí se va a acabar la tontería. Aquí mando yo. El que me moleste o me perjudique, lo pisoteo. Tened en cuenta que tengo motivos y puedo hacerlo, todos lo sabéis.

Con estas palabras, comienza el cuchicheo de la gente. Unos los apoyan porque tienen razón. Otros los critican por su forma tan barriobajera de proceder.

A nadie deja indiferente.

Unos pasos más adelante de donde se encuentran, hay un gran empresario, que mueve muchos millones con sus negocios. El dueño del local lo sabe y está contento de tenerlo.

El empresario los ve de venir y con una sonrisa se dirige a ellos para ver qué quieren.

-Tú sabes lo que queremos, chaval. Tienes algo que nos pertenece, así que venga, a soltarlo.
-Señor, no sé de qué me habla -contesta el empresario-. Yo no tengo nada que le pertenezca. Al contrario, hago lo posible por no entrar en esos negocios.

Nunca pierde la sonrisa, aunque sus nervios hacen demostrar que sabe a lo que vienen estos señores.

De repente, y sin mediar palabra, levantan el cuchillo que portan y le asestan 3 cortes: uno en la mano derecha, otro en el pecho y el tercero en la pierna. La gnete se asusta. El empresario se cae al suelo de dolor, maldiciendo. El dueño del local levanta la mirada para ver qué ha ocurrido.

El empresario sale del local y el dueño se lamenta, era un buen empresario y daba mucho dinero. Pero así son las cosas.

Una vez quitado de en medio el que daba la lata, estos señores miran de forma furtiva a los que se encontraban haciendo negocios con él.

Se acabaron los negocios para él.

Tras el susto inicial, la gente sigue con lo suyo. Algunos negocios interfieren en los de estos individuos, pero rápìdamente  los quitan de en medio.

Más adelante se encuentran a otro gran empresario. Este ya no le es indiferente a la gente. Saben que es muy querido y les gusta que esté ahí.

Le dan el encuentro en su lugar de negocio. Todos se retiran para dejarle paso, pero nadie se va. Parece como si quisieran defenderlo.

-¡Oiga! -grita el individuo tocapelotas-. ¿Todavía no se ha dado cuenta que estamos quitando de enmedio a los que interfieren con nuestro negocio?
-Lo sé, señor, y me parece estupendo. Su negocio es suyo. -Se acerca a un compañero cercano y le cuchichea algo. Su amigo se aleja-. Tenga en cuenta que siempre estaremos dispuesto a ayudar.

Están un rato discutiendo, un rato que parece eterno. Se pasan notas, papeles.

El amigo del empresario está más atrás en un rincón retomando los negocios de su amigo. No quieren que se les vaya nadie. Más tarde, se le unirá su compañero, cuando vea que ya no puede más con estos señores.

Otros han hecho lo mismo. Cuando estos individuos tiran a los pequeños comerciantes al suelo, mucha gente se presta a levantarlos. Son estos mismos los que les invitan a formar parte de un negocio similar más atrás.

El modelo que tienen los individuos prepotentes es ineficaz, porque lo que destruyen hacia delante, se reconstruye por detrás.

Se acercan al fondo, a la zona de los grandísimos empresarios. Aquí no hay medias tintas. Aquí hay que usar el látigo.

Lo levantan y empiezan a llamar la atención.

-Parece que esta gente quiere guerra -murmura un empresario.
-Y que lo digas -le responde un rival cercano-. Pues vamos a pelear.

Se dan la mano y se preparan para la lucha.

El dueño del local empieza a estar molesto, pero las continuas presiones de estos individuos sólo le hacen agachar la cabeza y hacer como el que no ve. Muchos se acercan a él para negociar un cambio en este tipo de negocios y de conductas, pero no lo consiguen. Sin embargo, los individuos prepotentes sí consiguen cambiar las cosas, siempre a su favor. Algunas de las cosas que han conseguido única y exclusivamente para ellos: permitidas las peleas en el local; permitidas los navajazos; prohibidas las quejas de los que reciben; facultad para poder hacer lo que quieran sin que les interfieran.

Los dos empresarios que se han aliado, empiezan a discutir acaloradamente con los prepotentes. Uno de estos últimos sufre una contractura y se retira más atrás para curarse.

El jaleo impera en el local, la gente se queja, otros gritan, algunos lloran. No quieren que les pase nada. Estos son de los grandes.

El látigo se mueve a un lado y a otro. Golpea a grandes, a chicos, a inocentes y a gente indeseable.

Entre la bulla, hay unos señores que se ponen nerviosos, pero sin perder la compostura. A ellos nadie les ha pedido opinión porque no tienen cabida en ese tipo de prácticas. Ellos reciben casi lo mismo les pague quien les pague, pero están empezando a mosquearse porque se han ido muchos de sus favoritos.

Evidentemente se trata de los mandamases, aquellos con chaqueta, bien vestidos y en el mejor rincón.

En uno de esos movimientos de látigo y acorralado por varios empresarios, uno de los individuos roza y hiere a uno de los peces gordos. Éste se levanta con parsimonia, sin prisa y mirando al suelo.

Inmediatamente y como si se hubiera activado un resorte, se hace el silencio en el local. No se escucha nada, tan solo las neveras con su ronroneo incesante.

La cara pálida del tocapelotas demuestran su miedo.

El pez gordo sale de su lugar. Sus zapatos pulcros y relucientes suenan en el local. Es un sonido característico que todos conocen.

A paso lento se acerca al individuo que lo ha herido. Todos se alejan a su paso, como si alrededor de él hubiera un escudo invisible.

Le pone la mano en el hombro, y tiembla con ese contacto.

-Me has hecho daño.
-Lo-lo si-siento -tartamudea-, p-pero tengo m-mis m-motivos, c-créame.
-Te creo, pero mira hacia allá. -Extiende su mano haciendo un barrido por el local. Se ven gente ocupando los puestos de los que ellos destruyeron. Incluso algunos ha retomado sus negocios en otro lugar-. Has echado del local a mucha gente que me daba mucho dinero.
-Pero señor, estaban interfiriendo en mis negocios y eso no está permitido.
-Vale, te voy a decir una cosa. -Se acerca a él y le susurra algo. Algunos oyen una palabra de las que ha dicho: “mando”.

Levanta la cabeza. El dueño del bar está mirando el espectáculo desde detrás de la barra mientras seca unos vasos.

-¡Tú! -grita el pez gordo-. ¡Ven aquí!

Al dueño del bar le tiemblan las manos. Se le cae el vaso al suelo, estallando en pedazos. Sale corriendo de la barra, con pasos cómicamente pequeños pero rápidos, mirando al suelo y con las manos entrelazadas en el pecho.

-¡Rápido, no tengo todo el día!

Al llegar, el mandamás lo agarra también por el hombro y se dirige a una puerta tras ellos con el cartel de “Privado”.

Cuando se cierra la puerta, la gente empieza a murmurar. Nadie quiere hablar fuerte porque sus compañeros siguen ahí y escuchan todo.

Al cabo del rato salen los tres. El prepotente ya no lo parece tanto. Su cara es la muestra del abatimiento y no deja de mirar al suelo. Parece hasta más pequeño. Su ropa ha cambiado, ahora va con ropa normal, sin muchas parafernalias. Su maletín ha desaparecido y en su lugar lleva una gran cartera donde parece llevar papales.

El pez gordo, con su paso característico y con su herida curada bajo una tirita casi inapreciable, se vuelve a su sitio. Sus compañeros le dan la mano y luego se sientan.

La gente presiente un cambio. Nadie sabe lo que va a pasar a continuación, pero el aspecto del hombrecillo hace suponer que la cosa no va a ir por los mismos derroteros que antes de entrar por la puerta.

El dueño del local se aclara la garganta y la gente se calla.

-Hemos llegado a un acuerdo. Nuestro amigo va a anunciar una importante novedad.

El hombrecillo mira al pez gordo que se ha sentado. Éste le sonríe como queriéndole decir algo. El otro sonríe tímidamente y el gordo asiente.

-Q-Quiero ancunciar -empieza con una voz casi inaudible. Se aclara la voz y continúa-. Quiero anunciar una mejora en mis negocios. Invito a cualquiera que quiera hacer algo, que hable conmigo, tengo importantes novedades. Pondremos cuotas asequibles a cualquiera, en razón a su venta. Haremos unos paquetes y crearemos sucursales para que haya más representatividad nuestra.

El dueño del local habla:

-Hemos vuelto a prohibir los navajazos y ahora el que necesite algo tiene que acudir a mí o a los encargados de seguridad.

Tras esto, y sin perder la sonrisa, como si hubiera hecho una gran obra, le da unas palmadas al hombrecillo y se aleja a la barra.

Tras este momento, las peleas cesaron, las guerras y las disputas ya no eran tan habituales y todos continuaron con sus negocios, pero esta vez sin interferencias y hasta con ayuda.

 

¿Qué no? Tiempo al tiempo.

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La verdadera iglesia

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Creemos una iglesia. Una iglesia verdadera. Una iglesia de la que no nos avergoncemos. Hagámoslo desde la objetividad.

Y digo iglesia con minúscula, porque con mayúscula es la del Papa, la que roba, la que viola a los niños y la que sigue tragando del frasco de los gobiernos, la que engaña a sus feligreses para conseguir que el Papa coma todos los días posiblemente con una cuchara de oro y se bañe en leche de burra, por ser bien pensados.

Una verdadera iglesia debe empezar desde abajo, y no desde arriba. El Papa de la Iglesia Católica tiene poder para decidir hasta si el limbo existe. Da igual lo que se diga en las escrituras, da igual lo que dijera Jesús. No importa, lo que importa es tener a la gente más controlada que nunca.

Escuchar y no imponer

Para empezar desde abajo, una iglesia no debe decir lo que hay que creer, sino escuchar lo que cree la gente. Para que una religión sea auténtica y sea un refugio para los creyentes, debe empezar por escuchar a la gente, escuchar a los mayores y a los jóvenes, qué dicen, qué quieren y qué creen.

No podemos descuidar el aspecto conciliador de una religión. Se trata de unir a los creyentes del mismo signo, ayudarlos a encontrarse y tener un sitio dónde poder rezar, encontrarse y hablar de su fe.

Sin líderes

Esta religión no tendrá líderes, ninguno. No habrá ni Papas, ni obispos, ni cardenales… ni siquiera curas. La verdera religión debe ser una comunidad de iguales. Todos son iguales, todos tienen el mismo voto y todos pueden opinar y sacar conclusiones.

De nada vale tener a 15 ó 20 personas para mandar en una religión, cuando millones de personas en todo el mundo tienen una opinión contraria a muchas de las directrices de esa cúpula.

La imposición no es una religión, es una dictadura.

Interpretación consensuada

La Biblia la escribieron muchos… ¿por qué la tiene que interpretar uno sólo?

La fe de la Iglesia Católica se basa en que el cura de barrio enseña las escrituras a los feligreses. Aquél es enseñado por los maestros cuando se hizo cura. A estos maestros los enseñaron desde más altas instancias, que a su vez se basan en la interpretación de un consejo de “notables”, que interpretan la Biblia a su voluntad.

Mil millones de creyentes se basan en la interpretación de unos cuantos. Y que sea así.

Mi iglesia perfecta se basa en la interpretación de todos. Uno lee la Biblia, se da cuenta de un detalle que nadie ha caído, y lo hace saber a todos sus hermanos. Se hace una votación entre todos los que creen que esto es cierto. Gente que se haya leído la Biblia, gente que quiere opinar… todos decidirán si esto que dice esta persona puede ser cierto o no.

Tras esta votación, el nuevo hallazgo se enseñará al resto de feligreses.

Dinero controlado

Ladrones siempre habrá, eso está claro, pero cuanta más transparencia en las cuentas, mejor.

El dinero que se reciba de donaciones, ofrendas y demás, se destinará a partes iguales entre gastos de la iglesia y ayuda a los necesitados. Si profesas esta fe, es que estás de acuerdo con lo que Jesús dijo en su día, por lo tanto, la mitad de lo que des a la iglesia, irá a los necesitados.

Las cuentas de cada congregación las llevará un contable, alguien que crea o no en la religión pero que haya estudiado la profesión a la que se va a dedicar. Para evitar robos y demás, esta persona tendrá un sueldo. Será la única persona en toda la iglesia que cobrará, y será bajo la circunstancia de que será el que lleve las cuentas, y el que lleve las cuentas no puede trabajar gratis porque la tentación es muy grande.

La elección será llevada a cabo por un profesional externo a la congregación y ante la más mínima duda de fraude del gestor contable, se elegirá a mano alzada si se expulsa o no.

Las cuentas, así mismo, serán públicas. Todo lo que salga y entre en la iglesia será de dominio público, con todo lujo de detalles, excepto en las donaciones anónimas, que el nombre del donante será privado, pero la cantidad seguirá siendo pública.

Cualquiera podrá pedir una copia de las cuentas de una congregación de cualquier país y será entregada siempre, sea o no creyente, y sea o no de su congregación.

Exceso fuera

Al final de año, se hará la liquidación anual, quedando en la caja de la congregación un fondo establecido entre todas las congregaciones del país, y el resto que sobre, se repartirá entre los más necesitados de la congregación bajo el voto de todos.

Si sobrara algo de esta operación, se dará a los necesitados de otros lugares.

 

Esta sería la religión de la que un ateo como yo me sentiría orgulloso. Una religión en la que todos fueran iguales, todos pudieran opinar y el dinero fuera destinado a los que lo necesitan. Todo controlado.

Igual que a mí me gusta reunirme con mis compañeros de profesión o con los que comparto ciertas aficiones, los creyentes también deberían de poder reunirse con sus semejantes bajo el respeto de su fe, sin imposiciones.

Y ahora, si alguien quiere copiar mi idea, aquí la tiene.

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Soledad

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Cuenta la historia fantasmal
de un chico en su alcoba
con la única compañía
de un monstruo digital
que junto a él mora.

Con su triste alegría,
letras centelleantes
narran lejanas vivencias,
imágenes que muestran
la soledad de otras almas
que sin miedo se exponen
para paliar sus tragedias.

Una casa abarrotada
cuya silenciosa cháchara
habita en cada rincón,
y donde la vida fluye
bajo la brillante luz apagada
de una solitaria habitación.

Cenas multitudinarias
cuyas vacuas sillas
y el insípido manjar
aumentan el idilio
de una triste alma
y su solitario pesar.

Horas que parecen días,
días que fluyen lentos
y una nueva ilusión
con aquella esperanza
de alegrar el camino
del desértico corazón.

Mas otra vez el silencio
de una semana cuyos meses
amenazan con romper
la quietud de las olas
que animaron la vida
de aquel solitario correr.

Palabras que el viento arrastra
con un silencio abrasador
y pensamientos fluyendo
en una errática mente cansada
de las vueltas que dio
tras cientos de años
en la misma situación.

Humano de esperanza,
humano de sentimientos futuros,
vivencias no llegadas
y el recuerdo de las que fueron,
que avivan el fuego del corazón
herido por las palabras
que no se dijeron.

Vagando por parajes de asfalto,
el futuro de una rica vida
no apacigua el incesante dolor
de la soledad que se avecina.

Con latido que se apaga
y alma que no ríe,
un lúgubre fantasma vaga
entre lejanas risas compañeras
mitigando el punzante dolor
de los largos días sin fronteras.

De entre la multitud
de una sociedad solitaria
suscribe estos pobres versos
una tristeza que esconde
una realidad no contada
y esperando queda
que la afinidad encontrada
no sea de fantasía,
pues de ese monstruo digital
florezca una hermosa rosa
de un amor y su alegría.

angro
Soledad
6 marzo 2010
CC-BY-NC-SA

Siento que no tenga una estructura concreta ni buenas rimas, pero nunca he escrito poesía y lo he hecho en un rato tal como lo iba sintiendo.

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La paradoja de buscar pareja

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Hay veces en las que tu mente de dice que te falta algo, que tu vida está vacía, algo que no te puede llenar ningún artefacto material. Te falta una pareja, alguien con quien compartir tu tiempo, tus experiencias y tus aficiones; alguien a quien querer, amar y de quien ser amado, ser querido; alguien con quien pasar lo mejor de tu vida, convertirla en el centro de tu existencia…

No sabemos por qué ocurre, ni por qué es tan fuerte esa sensación, pero tarde o temprano nos pasa. Si tienes suerte de que encuentras a tu pareja antes de que te ocurra, felicidades, eres uno de los pocos privilegiados que no le pasa.

Para muchos les resulta fácil encontrar “pareja”, ya que se arrima a la persona que menos asco le dé e intenta seducirlo/a. Es una costumbre muy extendida. Hoy estás con una persona, mañana estás con otra. Lo más curioso es que, en la mayoría de los casos, estas parejas terminan despreciándose el uno al otro. Y es ahí donde te das cuenta quiénes han estado por estar y quiénes han compartido una experiencia bonita.

Pero es muy curioso ver otra cosa. El tiempo medio sin pareja de este tipo de personas no llega al año, y en muchos casos ni siquiera pasan unos pocos meses.  Llegan a tener varias parejas (muchas, en algunos casos) antes de encontrar a la definitiva.

No digo que ser así sea mala costumbre. Es una forma de ver la vida como otra cualquiera. El que lo haga es porque es feliz.

Otra cosa sería hacerlo por no estar solo, pero sufrir lo indecible con cada nueva pareja. Esa sí me parece una costumbre absurda, porque no se está disfrutando.

Pero ahora viene la paradoja. Mientras seas una persona que busca pareja y la encuentra fácilmente (aunque te dure poco), pues vas pasando bien el día.

Pero imagina ahora que eres una persona que no puede tener pareja tan fácilmente, y que, por tu forma de ver una relación, tu vida sea una contínua soledad amorosa. Quizá sea por tu forma de socializarte, o porque no te gusta ir saltando de flor en flor, o porque eso de “ir de caza” no es lo tuyo, y te gustan las relaciones más naturales… Quién sabe. Lo único que sabes es que tienes XX años y no tienes pareja.

Sabes que, a menos que estés en la tercera edad, no debes desesperar. Sabes que el amor puede llegar en cualquier momento, de quien menos te imaginas, y será para siempre, o quizá te haga vivir muchos años agradables. Sabes que esa desesperación que tienes es irracional, no es lógica.

Pero hay veces en los que esta forma de pensar no se ve tan clara. Aunque seas una persona positiva, sin miedo a los problemas y con recursos, te encuentras entre la espada y la pared.

Por una parte, no te gusta salir de marcha, no te diviertes, no te lo pasas bien porque el barullo, la algarabía y la muchedumbre no terminan de gustarte. Eres tranquilo, te gusta ir a heladerías, cafeterías, restaurantes, a la bolera de la esquina o al cine. Te diviertes más en una barbacoa con amigos que en una discoteca repleta de gente sin poder hablar ni hacer nada.

Bien, pero ya sabes el dicho: “el que algo quiere, algo le cuesta”, así que no descartas salir de marcha. Pero te encuentras con otro escollo, porque has elegido bien a tus amigos, en tu afán por tener amigos afines a ti. Y eso supone un problema en esta situación: a ellos tampoco les gusta salir. Luego te planteas que si ellos tampoco les gusta salir, tendrán sus métodos para conocer gente. Pero te das cuenta de otro problema: todos tienen pareja. Sí, todos tus amigos tienen pareja, y ninguno se salva.

Y tu mente empieza a agobiarse, porque ve que se le acaban las ideas. ¿Qué vas a hacer? No puedes plantarte en una cafetería y entrarle a la primera chica que pase por tu lado. Sabes que algunos lo hacen, pero tú no eres así, no te sale, y no serás natural. ¿Qué más puedes hacer?

Sí, eso es. El silencio por respuesta. Te planteas que quizá tengas pocas ideas por verlo desde dentro, y que la situación te ciegue. Así que vas a tu colega, con el que mejor te llevas. Y le preguntas. Y tus esperanzas se ven rotas cuando él empieza a elucubrar y a buscar soluciones… y todas llevan a un punto muerto sin que tú abras la boca. Te das cuenta que la situación no es así porque lo veas desde dentro, sino porque en realidad es así. Tu colega se da cuenta que no estás así por gusto, y que recurrir a él es algo más que el fruto de la desesperación momentánea.

Pero no te ofrece soluciones. La única que te ofrece es la que tú te habías planteado, y la cual supone el desembolso de 30 € al mes o 60 si pillas la super-hiper-mega-oferta de 6 meses. Sí, esa web que todos estamos pensando, el recurso de los desesperados y la que nadie se plantearía nunca visitar porque nadie lo ve natural.

Y ahora yo lanzo la pregunta. Si tu mente y tu corazón no paran de decirte que te falta algo y que lo necesitas ya, ¿qué haces estando en esta situación? ¿Luchas contra ti mismo y te convences de que puedes pasar sin ello? ¿Pagas los 60 € y “que sea lo que Dios quiera”? ¿Encuentras otra solución no contemplada en esta entrada?

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El déjà-vu de Matrix

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Seguro que más de uno habrá visto Matrix. El déjà-vu de Matrix era aparentemente inocente y algo bastante supérfluo, pero cuando Morfeo se dio cuenta, la cosa cobró tintes preocupantes.

La vida está llena de déjà-vu, que aparentemente nadie se da cuenta, pero que para el ojo experto puede significar un cambio importante.

Acabo de tener un déjà-vu en mi vida, y ha hecho replantearme algo que consideraba muy importante. Ha sido un simple fogonazo, algo insignificante, algo que nadie ha notado, pero ha hecho saltar la liebre que llevo dentro y he tomado una decisión que jamás creí que tomaría.

Será poco a poco, pero la decisión está tomada. Han cambiado algo en Matrix y no pienso dejar que me afecte.

Mi consejo es que estéis atentos a los déjà-vu. Son esquivos, pero al final terminas por verlos. Pero sobre todo intentad identificarlos bien, porque hay algunos que se disfrazan de déjà-vu, y puedes tomar una decisión equivocada.

¿Un déjà-vu? Bah, no tiene importancia… ¿O quizá sí?

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¿Qué es una pareja?

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Llevo unos meses preguntándome eso y tengo mis motivos para hacerlo, pero no vienen al caso.

Empecemos por el principio. ¿Cómo define la Real Academia una pareja en el sentido afectivo?

Conjunto de dos personas, animales o cosas que tienen entre sí alguna correlación o semejanza, y especialmente el formado por hombre y mujer.

Si le quitamos la morralla, nos queda que una pareja es un conjunto de dos personas que tienen alguna correlación o semejanza entre sí.

Muy ambiguo, ¿no? Busquemos otra palabra más concreta: novio/a.

Vamos a quedarnos con la segunda y tercera acepción.

2.  m. y f. Persona que mantiene relaciones amorosas con fines matrimoniales.

3.  m. y f. Persona que mantiene una relación amorosa con otra sin intención de casarse y sin convivir con ella.

Llegamos a la conclusión que sea como fuere, un novio o una novia es una persona que mantiene relaciones amorosas con otra, tenga las intenciones que tenga y tanto si vive como si no vive con ella.

Y una relación amorosa es una unión de 2 personas que sienten amor.

Y llegamos a la palabra crítica: amor. ¿Cómo se define el amor?

1.  m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.

2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.

3. m. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.

4. m. Tendencia a la unión sexual.

Interesante.  Ahora resulta que amor es casi cualquier cosa. ¿Que no? Fijaos en la primera acepción. Viene a decir que amor es el sentimiento intenso que siente una persona cuando le falta algo que encuentra en otra persona.

Ahora veamos la segunda. En esta viene a decir el amor es el sentimiento hacia una persona que nos atrae, nos alegra, etc.

La tercera viene a decir lo mismo que la segunda, pero más genérica.

Y por último, tenemos que también es la tendencia  a la unión sexual.

¿Qué conclusión sacamos? Que nuestra pareja o novio es aquella persona que dice exactamente lo mismo de nosotros. Y si no, pensadlo bien. ¿Qué condición tiene que reunir dos personas para que sean pareja?

  1. Que se necesiten.
  2. Que se quieran, estén a gusto los dos y que les encante estar juntos y se lo pasen bien.
  3. Que se gusten.
  4. Que mantengan relaciones sexuales.

¿Qué me impide a mí decir que tal persona es mi pareja si somos amigos, compartimos gustos y estamos bien juntos? Sólo una cosa: que ella consienta que yo lo diga. Si ella acepta que yo diga que soy su pareja, somos pareja. No hay nada más en el trasfondo de todo esto, porque una pareja son dos personas que comparten algo: unos gustos, un sentimiento, una relación sexual, etc.

Sin embargo, ¿qué ocurre cuando ambos se gustan, se quieren, lo saben, pero no lo admiten? En ese caso, ¿son pareja por el hecho de compartir cosas juntos y estar a gusto el uno con el otro o no lo son porque no lo han admitido? ¿Pueden dos personas no ser pareja por el mero hecho de que ambos no sepan que lo son? ¿La pareja empieza cuando ambos dicen “estamos saliendo” o “somos pareja”, o empezó antes y ése es simplemente el punto donde lo admiten?

Lo que yo creo es que ser pareja, ser novios o estar saliendo es un formalismo, como firmar el contrato. Dos personas pueden estar bien juntos, divertirse, salir a cenar, echarse de menos cuando no se ven e incluso mantener una relación sexual, pero si ambos no admiten que son pareja, no lo son. Sin embargo, eso no significa que no mantengan una relación. Claro está que sería una relación sin nombre, porque no se han puesto de acuerdo, pero tenerla la tienen.

Y ahora preguntaréis: si en realidad la relación es la misma de una forma u otra, ¿de qué sirve admitir que sois pareja? ¿Ayuda en algo? Sí, sólo en una cosa: la fidelidad. Si ambos admitís que sois pareja, estás obligado a serle fiel a tu pareja (aunque no significa que algunos no se lo salte). En cambio, si esa relación no se ha llegado a definir, en teoría nada te debería impedir serle “infiel”. ¿Cuál es la realidad? Que en la práctica da igual que lo admitáis o no, porque si os queréis de verdad, os será moralmente imposible serle infiel aunque no estéis saliendo formalmente como pareja.

Conclusión: ser pareja es más un formalismo. Decirlo simplemente la asienta aún más y ayuda a que ambos estéis más seguros y tengáis menos dudas.

Obviamente, todo esto es sólo mi opinión.

Y llegados a este punto, yo me pregunto: ¿qué motivos pueden tener dos personas para no admitir que son pareja?

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27 de diciembre

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Tal día como hoy, de 1981, una mujer entraba en el hospital de una pequeña ciudad de Cádiz embarazada de 9 meses y con ganas de tener a ese primer bebé. Con mucho pelo y todos tiesos, fue extraído con unos forceps que le marcarían la vista para el resto de su vida.

Muy nervioso pero muy intravertido, empezó a ir a una guardería (y más tarde, un colegio) bastante lejos de donde él vivía. Su abuelo materno murió a los 3 meses de él nacer y la familia tuvo que mudarse a casa de la abuela para no dejarla sola. Debido a eso, y a que sus “amigos” estaban todos en aquél otro barrio, su padre tuvo que llevarlo todos los días al colegio durante unos 12 años.

Como a muchos niños, no le gustaba ir. Más tarde descubriría que el motivo no era otro que su nula capacidad (y voluntad) de relacionarse con los demás niños. Se sentía tan incómodo con los demás, que no le gustaba ir. Sin embargo, aprendió a no hacer caso de eso y a disfrutar lo posible.

Su inocencia le convirtió en alguien con un complejo de inferioridad tal que el hecho de hablar con algún niño le suponía una gran impresión; hasta el punto de preguntarse si realmente ese niño estaba interesado en lo que él decía.

A los 4 años nació su hermana: una niña muy graciosa y despierta. Tardaron casi 20 años en aprender el significado de la palabra “hermanos”. Y, al menos él, se alegra de haberlo aprendido.

Pasaron los años y, sin esfuerzo ni darse cuenta, fue aprobando los cursos hasta llegar a secundaria. Por el camino, los amigos fueron llegando y yéndose de su vida. Todos excepto uno. Aquél que menciona “El Arrebato” en su canción que nunca se olvida y que vive siempre en tu mente.

A los 14 años, sus padres le compraron su primer ordenador. No era algo sencillo pero eso le daba igual, ya que pronto empezó a trastear ese sistema llamado DOS… y le encantaba.

En el instituto, en secundaria, y tras ver el nuevo mundo que se le abría ante él, fue despertando de su largo letargo. Un letargo que duró más de 14 años y que por fin llegaba a su término. El curso de 4º de ESO sería el principio del fin. El principio en el cual empezaría a darse cuenta de lo que era, quién era y lo que valía.

Se percató que era una persona, como las demás, que valía tanto o más que muchos que estaban a su alrededor en el instituto y pudo ver que la vida no era tan complicada como parecía ser si se pensaba un poco.

Gracias a que su intraversión desapareció, la timidez que quedó le concedió mucho tiempo para pensar en la vida, en los detalles de ésta y en cómo vivirla. Poco a poco, fue descubriendo que los problemas se solucionaban afrontándolos con mucha astucia y perseverancia.

A los 17 años empezó uno de los bachilleratos más difíciles (si no el más difícil) y, 4 años más tarde, se dio cuenta que con esfuerzo se podía conseguir todo.

El ciclo superior de Administración de Sistemas Informáticos no fue gran cosa, pero le sirvió para darse cuenta de dos detalles. Uno, que cualquiera puede dar clases; y dos, que siempre se aprende algo, por muy sobrado que vayas. En su caso, aprendió algo de redes y descubrió el lenguaje C, que le daría la base para muchísimos lenguajes posteriores.

Paralelamente, su afición a la programación le hizo descubrir PHP, un lenguaje que usaría más tarde para muchas cosas y el cual le abriría muchas puertas.

Y entonces, a los 21 años conoció a la persona que sería, probablemente, la más importante que había pasado por su vida hasta ese momento. Compartieron, durante unos meses, un fin en común que acabaron por romper de mutuo acuerdo para seguir siendo simplemente más que amigos. Durante años, ambos afrontaron retos de todo tipo, pero cada uno de ellos se fue superando. A día de hoy, siguen luchando contra lo que les echen, y, por ahora, no se separan.

Esta relación le ha dado, y le sigue dando mucho, le sigue enseñando cosas de la vida y continúa aprendiendo día a día.

26 años después de nacer, su filosofía es el Carpe Diem y su refrán es “No hay mal que por bien no venga”. No lucha contra el mundo: simplemente se deja llevar y disfruta de él mientras pueda. No le preocupa nada más que lo que vaya a cenar esa noche o dónde deba ir al día siguiente. Es claro y directo cuando debe decir algo, aunque no por ello deja de ser diplomático. Odia la moda y casi cualquier cosa que le quieran imponer a la fuerza.

Y, a día de hoy, a pesar de que sabemos su opinión de la actualidad, nunca llegaremos a saber lo que realmente pasa por su cabeza.

Bueno, yo sí lo sé.

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Los colores y la vida

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¿Os habéis preguntado la cantidad de colores que hay en la vida diaria?

Analízalo, porque te quedaste amarillo después de ponerte morado comiendo gambas. Quizá alguien te estuviera poniendo verde. Te quedas blanco ante la idea y no puedes evitar estar negro de furia. Sin embargo, luego piensas: “¿Qué más da? Quizá el que esté verde de envidia sea él”. Aun así, hay gente que te defiende y tú te pones colorado de pensarlo.

Tú sabes que tanto si eres de sangre azul como si eres de raza blanca, negra o amarilla, eres una persona agradable. Es más, odias el dinero negro. Para ti, la vida es de color de rosa y lo más probable es que tengas blanca el alma, yendo siempre de verde para no perder la esperanza.

La vida es un arco iris de ilusión y no se puede desperdiciar enegreciendo tu espíritu.

Aunque ya sabes lo que dicen: para gustos, colores.

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