Las mentiras de Daniel

Compártelo si te gusta:

Ese día, Daniel no tenía ganas de ir con sus amigos a la cafetería después del trabajo. Empezaba a aburrirle la misma cantinela de siempre. Sus intereses hoy eran otros: correr con su moto. No lo hacía por presumir, sino por sentir la velocidad.

Darío se acercó a él minutos antes de acabar su jornada.

– Tío, dice Joaquín que si te has traído el segundo casco, que hoy ha venido en metro.
– Lo siento, hoy no puedo ir, mi madre está mala y quiero quedarme con ella para hacerle la cena y acompañarla.
– Vaya. ¿En serio? Bueno, si tienes que quedarte con tu madre… Dale ánimos de nuestra parte. A ver si mañana puedes venirte.

Darío parecía que sentía mucho que no pudiera ir con ellos. Cuando se alejó, Daniel se quedó pensativo. Algo en su interior le decía que no era buena idea lo que estaba haciendo, pero necesitaba despejarse.

Hoy iría lejos con la moto. Llevaba días sin ánimos y lo que menos quería era escuchar a cuatro tíos hablar de lo mismo de siempre. Y él podía estar de suerte, porque sus amigos no hablaban de fútbol ni de mujeres. Ellos hablaban de política, economía y temas de actualidad. Temas que a él también le interesaban, pero no hoy.

Sí, hoy iría lejos, y rápido, tenía ganas de sentir el viento.

Salió, se montó en su moto y se alejó de la ciudad por la autovía, en dirección a ninguna parte.

Darío se acercó a sus amigos con ánimo apesadumbrado.

– Chavales, este no viene.
– ¿Y eso? -comentaron casi todos a la vez con tono de sorpresa.
– La madre está mala y se va a quedar con ella para hacerle la cena.

Media hora después de salir, Daniel tuvo un accidente con su moto. Tuvo que ser ingresado muy grave en el hospital.

Cuando se recuperó, sus amigos lo fueron a ver.

– Dani, tío, ¿cómo estás?
– Como si me hubiera dado con un muro a 200 km/h. –Intentó sonreir y le salió una sonrisa fría, como con culpa. Luego añadió:– Lo siento, me encontraba desanimado y necesitaba despejarme.
–Tío, somos amigos. Te hubiéramos ayudado entre todos. Nos lo dices y te aconsejamos en lo que sea. O nos vamos a otro lado. Nos da igual. ¿Verdad?

Todos asintieron.

– Gracias.
– Toma, esto lo teníamos guardado para ese día. Era tu cumpleaños y queríamos regalarte esto.

Uno del grupo sacó un regalo de una bolsa. Era una caja. Daniel la abrió y era un casco. Firmado por su ídolo.

– ¡Hostias! ¡Gracias! Esto sí que me hubiera levantado el ánimo.

Se le saltaron las lágrimas.

– Venga, tío, ánimo.

 

Una semana después, Daniel salió del hospital. Para celebrarlo, fueron a tomar algo a su lugar de siempre.

Daniel, que había tenido tiempo de pensar durante su recuperación, dijo:

– Señores, vamos a intentar cambiar un poco hoy el tema de conversación. –Agachó la cabeza–. Por no decíroslo la otra vez, mira lo que me pasó.
– Lo que quieras, tío –dijo uno.
– Empieza tú. Ya sabes que a mí me da igual, yo hablo de todo –añadió otro.
– Es para pegarte –dijo Darío en tono simpático–. ¿Cuántas veces he dicho yo “tíos, vamos a dejar esto que me aburro como una ostra”?.

Lo recordaba. Pero en aquel fatídico día no lo recordó. Y tampoco era necesario. Su amigo Darío lo decía y a él no le molestaba. Eran amigos, ¿por qué iba a molestarle? Qué estúpido se sentía.

Daniel aprendió una gran lección aquel día. Nadie sabe dónde te puede conducir una mentira. Sin embargo, decir la verdad es siempre más productivo. Los que te quieren, apreciarán la verdad siempre, sea cual sea. Una verdad bien dicha vale más que las mil mentiras que la justifican.

Compártelo si te gusta:
Enviar a Twitter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *