El anciano de la guerra

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El anciano se sentó en la mesa contígua. No lo vi llegar. El escándalo de la cafetería era notable. Y con un hilo de voz me dijo:

– ¿Sabes? Soy mutilado de guerra. Salí de la trinchera y explotó una mina.

Lo miré con interés. Los estragos de la edad hacían mella en su cara. Sus ojos caídos le daban aspecto de tristeza, aunque sólo era una apariencia debido a las arrugas. El parkinson era notable aunque aún podía manejarse a la perfección sin derramar el café. Continuó hablando:

– Tengo 95 años.
– ¿En qué bando luchó usted?
– Con Franco -añadió él sin bajar la mirada. A continuación se acercó a mí y en un susurro me dijo:-. ¿Pero sabes? Franco está enterrado y yo sigo vivo. Que le den por culo a Franco.

En aquel momento supe de primera mano lo que siempre se ha comentado. La Guerra Civil fue creada por los de arriba y luchada por los de abajo por cojones.  Como si me hubiera escuchado, añadió:

– Vivía en Utrera y vinieron a por mí. No tenía ni 18 años, los cumplía 2 meses después. Y tuve que luchar con ellos porque fueron los primeros en coger Utrera. Si hubieran entrado antes los otros, hubiera luchado con los otros.

Su voz sonaba tranquila, pausada, pero con una firmeza y claridad admirable.

Me comentó que le gustaba la poesía y me dijo 3 de su propia pluma. Apenas titubeó en la última. Las dijo de memoria.

A cada palabra que pronunciaba, yo quedaba más alucinado. Poesías a un torero, una folclórica y un cantaor flamenco. Pero todas ellas desde el respeto y la admiración, destacando lo mejor de su poderío.

Me sonrió y me preguntó si me gustaban. Yo le dije que sí, que me había encantado y lo elogié como se merecía.

Tras un sorbo al café, me dijo:

– El médico dice que no tengo nada. Ni azúcar ni colesterol… nada. Y yo le dije “tengo una pierna mala”.

Y rió, aunque apenas le salió la risa. Pero en su interior se veía que quería reir, que era feliz. Al fin y al cabo, una risa no es más que una expresión facial. Y este hombre no sólo era feliz por dentro, sino que hizo todo el esfuerzo que pudo para que se notara en su cara.

Se acabó el café, los churros y cogiendo su bastón, se levantó, me dio la mano y me deseó que nos volviéramos a ver. Lo vi alejarse hacia la salida con paso firme.

Tras esta experiencia, comprendí que la vida sigue contigo o sin ti. La guerra para este hombre supondría un duro revés, y el problema de su pierna, aún peor. Pero él entendió que la vida era hermosa y que tenía que seguir. A sus 95 años, sigue escribiendo poesía, disfruta de su vida, sus muchos amigos y tiene ilusiones de futuro, con proyectos que le confieren un aspecto juvenil.

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