Ella

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La frustración se apoderaba de mí día a día. Un desfile fantasmal cruel que avanzaba frente a mis ojos y usaba un modus operandi casi calcado: hola, café y adiós. La visión de ver venir lo inevitable se me antojaba casi macabro. ¿Otra vez? Y sin remedio lo aguantaba, apretando los dientes.

Pero como si de una premonición se tratara, una última fuerza surgió de lo más hondo de mi ser. De entre las páginas, un nombre cualquiera y un pueblo conocido.

La desgana se había apoderado de mí, y cual robot, solo hacía lo que mi trabajo me había enseñado muy bien: escribirle a una persona en la distancia. No había ilusión.

Una voz interior me preguntaba, me interrogaba. ¿Sería distinta? ¿Saldrá ésta del desfile? Nunca hubiera supuesto cuán distinta iba a ser.

Pero el destino era caprichoso, y como un último juego, me puso a prueba. Semanas sin noticias y viendo cómo mis palabras caían en el saco roto de la red. A mi mente se le devolvía un error continuo: “destino inaccesible”.

Pero no sufría. Ya no. Era un robot, un programa que comprobaba si mi destino estaba disponible. Y no lo estaba.

Y seguía buscando. Y seguía sin encontrar.

Y un día el destino respondió. Sin ganas. ¡Pero respondió! Un avance. Y la voz me avisaba: “chaval, cuando iguale a las demás, estarás en el mismo sitio”. Y tenía razón. Un paso tan minúsculo como desesperante.

Pero la voz calló cuando vio de cerca lo que ya no era un fantasma. Apenas se alejó de la pasarela, acercándose a mí, dándome esperanzas, pero de una manera difusa.

Era nuestra primera cita, y estaba a punto de llegar al mismo sitio que con las demás. Mas por un instante me pareció reflejarme en un espejo cuando la pregunta que yo solía hacer, me la hizo ella a mí: “¿Nos volveremos a ver? ¿Sí? ¿Me lo prometes?”

Pensé que esto cambiaba la situación, pues ella parecía vivir mi misma desesperación. Dos caminos que se unen en el mismo punto, en un cruce donde los demás sólo habían construído un puente para esquivarnos.

Y la promesa de una nueva cita nos devolvió la ilusión a los dos. Dos desconocidos intentando superar los fracasos de gente sin piedad.

Y el destino hizo su trabajo, botando dos barcos que comenzaron a navegar juntos.

Los nervios de los primeros meses se relajaron y las vivencias comenzaron a escribir el libro de la vida de los dos enamorados. Sin destino marcado, pero con camino por recorrer.

Los días se convirtieron en meses, y los meses en años, llenando los corazones de vivencias, viajes, risas y planes.

El pueblo de Chipiona se convirtió en mi segunda casa y los cortos fines de semana conformaban un calendario que pronto se haría habitual.

Un calendario que deshojándose, asentaba las bases de una relación y su convivencia.

Necio de mí, la preocupación de aquel chavalito que se lamentaba por no saber si podría vivir en pareja dio paso a la responsabilidad de la paternidad. Responsabilidad que será eterna, sin marcha atrás, pero con una gran recompensa.

No cambio nada de lo que hice, y volvería a vivir aquellos días, semanas y meses, donde todo se magnificaba, donde el tiempo se ralentizaba, las estrellas brillaban para que ella y yo pudiéramos andar el camino sin que nada ni nadie nos detuviera.

No cambio aquellos largos días, aquellas charlas, aquellos interrogatorios mutuos donde poco a poco íbamos viendo la similitud. Un mapa mental de quién era aquél que no conocíamos.

No cambio mi declaración, la primera de mi vida, y que me dejó sin palabras por primera vez. Un locuaz y dicharachero chico que siempre tenía que elegir de entre muchas ideas, en aquella ocasión tuvo que luchar con su mente, rogándole que le diera alguna para expresar lo que quería. La sacó, y no la cambio por nada.

No cambio los días esperando el fin de semana, ni el largo viaje hacia el encuentro.

No cambio la sensación desde aquel entonces de pensar siempre: “Llevo a alguien a mi lado; ahora somos dos”.

No cambio la sensación de pensar que ya no estoy solo. Ni aquella alegría al pensar que tengo una pena menos.

No cambio por nada la sensación de quitarme la losa de mi espalda y respirar aliviado.

No cambio por nada cada segundo de mi vida desde que la conocí.

Y por supuesto, no la cambio a ella por nada.

Sólo nosotros tenemos las riendas de nuestra relación. Y podrán pasar huracanes y tifones para separarnos, mas ninguno cejaremos en nuestro empeño. No nos dejaremos derrotar y siempre lucharemos, por nosotros, por los dos, los tres o los que con buena fortuna, formen nuestra familia.

Y no acabaré con un tópico. Quizá demasiado visto en el lenguaje. Mis palabras están dichas, y no son dos, sino varios cientos. Y van para ti. Y ninguna será desdicha en el futuro, como siempre he presumido y sigo presumiendo.

Dame la mano y continuemos el camino.

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