Monthly Archives: Noviembre 2013

Vidas paralelas

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Marta esperaba el autobús mientras la gente la miraba disimulando. Estaba triste, muy triste.  Apenas podía levantar la mirada. A veces lloraba. Otras ves simplemente suspiraba.

Se sentía desdichada. No estaba feliz con su novio a pesar de que no tenía motivos. Su trabajo no le daba la motivación diaria necesaria. No sabía por dónde encaminar su vida. Se pasaba las horas pensando, sentada en su sofá, a veces con la tele encendida pero sin verla; otras veces a oscuras.

Un chico en silla de ruedas se acercó a la parada. Su sonrisa le iluminaba la cara. Parecía feliz.

—Hombre, Paco —dijo un hombre de pelo cano—, ¡qué de tiempo! ¿Cómo lo llevas? Ya sabes…
—¡Hombre, Luis! Bien, me va bastante bien —dijo Paco, el chico de la silla de ruedas—. Ya sabes cómo soy. Alguien dijo una vez “el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”.

Marta sintió curiosidad y comenzó a escuchar la conversación sin levantar la mirada.

—Tengo muchos proyectos —continuó diciendo Paco—. Teníamos proyectado sacar adelante la empresa y pienso hacerlo por ella.
—¿Y va bien? —preguntó Luis.
—Pues sí, bastante bien. Tengo a mi cuñada contratada. Ella lo lleva peor. Intento animarla, y creo que empieza a superarlo. Nos estamos implicando mucho en sacar el proyecto adelante, y empieza a dar sus frutos. Ayer mismo me llamó por teléfono un representante de una empresa que quiere empezar a hacernos pedidos.
—Oh, qué bien. Me alegro. No sabes cuánto me alegro.
—Gracias. Ahora voy a verla. ¿Ha pasado ya el que va al cementerio?
—No sé.

Marta levantó la cabeza y dijo:

—No, yo llevo aquí 15 minutos y aún no ha pasado.
—Ah, muchas gracias. Bueno, esperaré. —Pacó miró a Luis y añadió—: Ahora estoy en trámites de adoptar un niño.
—¡No me digas! —exclamó Luis.
—Pues sí. —Su sonrisa se agrandó y parecía el ser más feliz del mundo—. Habíamos hablado mucho de empezar a buscar niño. Ahora voy a hacerlo. Por ella.  Estoy muy ilusionado. Quiero hacer todo lo que habíamos planeado. Viviré por ella y disfrutaré por ella.

Marta abrió los ojos como platos al escuchar esto último. Le parecía increíble cómo hablaba este hombre.

Decidió que se iría andando para pensar. Se levantó y empezó a andar. Abrió su bolso y sacó su cartera. Sacó la foto de su novio. La miró durante un rato y la guardó.

Se le escapó una lágrima mientras pensaba en lo que ella tenía y no sabía apreciar. Su vida era maravillosa. Tenía trabajo, buena salud y un novio que la quería. Pensó en recuperar aquellos proyectos personales que siempre había querido hacer. Aquel chico le había dado fuerzas.

Sacó su móvil del bolso y llamó a su novio.

—Hola, cari —respondió su novio al descolgar.

Marta empezó a lloriquear.

—Hola, vida.
—¿Qué te pasa? ¿Dónde estás? ¿Quieres que vaya a verte? —El chico estaba preocupado al escuchar a su novia llorar.
—No te preocupes, vida. Ahora sí que estoy bien. Necesitaba escucharte. Luego te contaré, pero ahora estoy feliz.
—¿Seguro que estás bien?
—Seguro, de verdad. No te  preocupes, no me ha pasado nada. Es de la alegría de escucharte. ¿Te parece si luego nos vamos al cine y te cuento? Quiero ver aquella de risa que vimos anunciada el otro día.
—Vale.
—Recuerda que te quiero.
—Yo también te quiero. Hasta luego.
—Hasta luego.

Marta se secó las lágrimas y empezó a animarse.

Ese día, Marta aprendió una gran lección. Quizá estés triste con tu vida o tengas problemas, pero el tiempo pasa y si no haces nada, lo único que vas a conseguir es perder poco a poco tu vida. Ten motivaciones, busca ayuda externa, habla con quien tengas que hablar. Haz lo que sea, pero vive lo más contento y feliz que puedas. Quítate los problemas de encima lo más rápido que puedas. No te recrees en la pena, porque así no conseguirás nada.

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Las mentiras de Daniel

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Ese día, Daniel no tenía ganas de ir con sus amigos a la cafetería después del trabajo. Empezaba a aburrirle la misma cantinela de siempre. Sus intereses hoy eran otros: correr con su moto. No lo hacía por presumir, sino por sentir la velocidad.

Darío se acercó a él minutos antes de acabar su jornada.

– Tío, dice Joaquín que si te has traído el segundo casco, que hoy ha venido en metro.
– Lo siento, hoy no puedo ir, mi madre está mala y quiero quedarme con ella para hacerle la cena y acompañarla.
– Vaya. ¿En serio? Bueno, si tienes que quedarte con tu madre… Dale ánimos de nuestra parte. A ver si mañana puedes venirte.

Darío parecía que sentía mucho que no pudiera ir con ellos. Cuando se alejó, Daniel se quedó pensativo. Algo en su interior le decía que no era buena idea lo que estaba haciendo, pero necesitaba despejarse.

Hoy iría lejos con la moto. Llevaba días sin ánimos y lo que menos quería era escuchar a cuatro tíos hablar de lo mismo de siempre. Y él podía estar de suerte, porque sus amigos no hablaban de fútbol ni de mujeres. Ellos hablaban de política, economía y temas de actualidad. Temas que a él también le interesaban, pero no hoy.

Sí, hoy iría lejos, y rápido, tenía ganas de sentir el viento.

Salió, se montó en su moto y se alejó de la ciudad por la autovía, en dirección a ninguna parte.

Darío se acercó a sus amigos con ánimo apesadumbrado.

– Chavales, este no viene.
– ¿Y eso? -comentaron casi todos a la vez con tono de sorpresa.
– La madre está mala y se va a quedar con ella para hacerle la cena.

Media hora después de salir, Daniel tuvo un accidente con su moto. Tuvo que ser ingresado muy grave en el hospital.

Cuando se recuperó, sus amigos lo fueron a ver.

– Dani, tío, ¿cómo estás?
– Como si me hubiera dado con un muro a 200 km/h. –Intentó sonreir y le salió una sonrisa fría, como con culpa. Luego añadió:– Lo siento, me encontraba desanimado y necesitaba despejarme.
–Tío, somos amigos. Te hubiéramos ayudado entre todos. Nos lo dices y te aconsejamos en lo que sea. O nos vamos a otro lado. Nos da igual. ¿Verdad?

Todos asintieron.

– Gracias.
– Toma, esto lo teníamos guardado para ese día. Era tu cumpleaños y queríamos regalarte esto.

Uno del grupo sacó un regalo de una bolsa. Era una caja. Daniel la abrió y era un casco. Firmado por su ídolo.

– ¡Hostias! ¡Gracias! Esto sí que me hubiera levantado el ánimo.

Se le saltaron las lágrimas.

– Venga, tío, ánimo.

 

Una semana después, Daniel salió del hospital. Para celebrarlo, fueron a tomar algo a su lugar de siempre.

Daniel, que había tenido tiempo de pensar durante su recuperación, dijo:

– Señores, vamos a intentar cambiar un poco hoy el tema de conversación. –Agachó la cabeza–. Por no decíroslo la otra vez, mira lo que me pasó.
– Lo que quieras, tío –dijo uno.
– Empieza tú. Ya sabes que a mí me da igual, yo hablo de todo –añadió otro.
– Es para pegarte –dijo Darío en tono simpático–. ¿Cuántas veces he dicho yo “tíos, vamos a dejar esto que me aburro como una ostra”?.

Lo recordaba. Pero en aquel fatídico día no lo recordó. Y tampoco era necesario. Su amigo Darío lo decía y a él no le molestaba. Eran amigos, ¿por qué iba a molestarle? Qué estúpido se sentía.

Daniel aprendió una gran lección aquel día. Nadie sabe dónde te puede conducir una mentira. Sin embargo, decir la verdad es siempre más productivo. Los que te quieren, apreciarán la verdad siempre, sea cual sea. Una verdad bien dicha vale más que las mil mentiras que la justifican.

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El anciano de la guerra

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El anciano se sentó en la mesa contígua. No lo vi llegar. El escándalo de la cafetería era notable. Y con un hilo de voz me dijo:

– ¿Sabes? Soy mutilado de guerra. Salí de la trinchera y explotó una mina.

Lo miré con interés. Los estragos de la edad hacían mella en su cara. Sus ojos caídos le daban aspecto de tristeza, aunque sólo era una apariencia debido a las arrugas. El parkinson era notable aunque aún podía manejarse a la perfección sin derramar el café. Continuó hablando:

– Tengo 95 años.
– ¿En qué bando luchó usted?
– Con Franco -añadió él sin bajar la mirada. A continuación se acercó a mí y en un susurro me dijo:-. ¿Pero sabes? Franco está enterrado y yo sigo vivo. Que le den por culo a Franco.

En aquel momento supe de primera mano lo que siempre se ha comentado. La Guerra Civil fue creada por los de arriba y luchada por los de abajo por cojones.  Como si me hubiera escuchado, añadió:

– Vivía en Utrera y vinieron a por mí. No tenía ni 18 años, los cumplía 2 meses después. Y tuve que luchar con ellos porque fueron los primeros en coger Utrera. Si hubieran entrado antes los otros, hubiera luchado con los otros.

Su voz sonaba tranquila, pausada, pero con una firmeza y claridad admirable.

Me comentó que le gustaba la poesía y me dijo 3 de su propia pluma. Apenas titubeó en la última. Las dijo de memoria.

A cada palabra que pronunciaba, yo quedaba más alucinado. Poesías a un torero, una folclórica y un cantaor flamenco. Pero todas ellas desde el respeto y la admiración, destacando lo mejor de su poderío.

Me sonrió y me preguntó si me gustaban. Yo le dije que sí, que me había encantado y lo elogié como se merecía.

Tras un sorbo al café, me dijo:

– El médico dice que no tengo nada. Ni azúcar ni colesterol… nada. Y yo le dije “tengo una pierna mala”.

Y rió, aunque apenas le salió la risa. Pero en su interior se veía que quería reir, que era feliz. Al fin y al cabo, una risa no es más que una expresión facial. Y este hombre no sólo era feliz por dentro, sino que hizo todo el esfuerzo que pudo para que se notara en su cara.

Se acabó el café, los churros y cogiendo su bastón, se levantó, me dio la mano y me deseó que nos volviéramos a ver. Lo vi alejarse hacia la salida con paso firme.

Tras esta experiencia, comprendí que la vida sigue contigo o sin ti. La guerra para este hombre supondría un duro revés, y el problema de su pierna, aún peor. Pero él entendió que la vida era hermosa y que tenía que seguir. A sus 95 años, sigue escribiendo poesía, disfruta de su vida, sus muchos amigos y tiene ilusiones de futuro, con proyectos que le confieren un aspecto juvenil.

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Ella

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La frustración se apoderaba de mí día a día. Un desfile fantasmal cruel que avanzaba frente a mis ojos y usaba un modus operandi casi calcado: hola, café y adiós. La visión de ver venir lo inevitable se me antojaba casi macabro. ¿Otra vez? Y sin remedio lo aguantaba, apretando los dientes.

Pero como si de una premonición se tratara, una última fuerza surgió de lo más hondo de mi ser. De entre las páginas, un nombre cualquiera y un pueblo conocido.

La desgana se había apoderado de mí, y cual robot, solo hacía lo que mi trabajo me había enseñado muy bien: escribirle a una persona en la distancia. No había ilusión.

Una voz interior me preguntaba, me interrogaba. ¿Sería distinta? ¿Saldrá ésta del desfile? Nunca hubiera supuesto cuán distinta iba a ser.

Pero el destino era caprichoso, y como un último juego, me puso a prueba. Semanas sin noticias y viendo cómo mis palabras caían en el saco roto de la red. A mi mente se le devolvía un error continuo: “destino inaccesible”.

Pero no sufría. Ya no. Era un robot, un programa que comprobaba si mi destino estaba disponible. Y no lo estaba.

Y seguía buscando. Y seguía sin encontrar.

Y un día el destino respondió. Sin ganas. ¡Pero respondió! Un avance. Y la voz me avisaba: “chaval, cuando iguale a las demás, estarás en el mismo sitio”. Y tenía razón. Un paso tan minúsculo como desesperante.

Pero la voz calló cuando vio de cerca lo que ya no era un fantasma. Apenas se alejó de la pasarela, acercándose a mí, dándome esperanzas, pero de una manera difusa.

Era nuestra primera cita, y estaba a punto de llegar al mismo sitio que con las demás. Mas por un instante me pareció reflejarme en un espejo cuando la pregunta que yo solía hacer, me la hizo ella a mí: “¿Nos volveremos a ver? ¿Sí? ¿Me lo prometes?”

Pensé que esto cambiaba la situación, pues ella parecía vivir mi misma desesperación. Dos caminos que se unen en el mismo punto, en un cruce donde los demás sólo habían construído un puente para esquivarnos.

Y la promesa de una nueva cita nos devolvió la ilusión a los dos. Dos desconocidos intentando superar los fracasos de gente sin piedad.

Y el destino hizo su trabajo, botando dos barcos que comenzaron a navegar juntos.

Los nervios de los primeros meses se relajaron y las vivencias comenzaron a escribir el libro de la vida de los dos enamorados. Sin destino marcado, pero con camino por recorrer.

Los días se convirtieron en meses, y los meses en años, llenando los corazones de vivencias, viajes, risas y planes.

El pueblo de Chipiona se convirtió en mi segunda casa y los cortos fines de semana conformaban un calendario que pronto se haría habitual.

Un calendario que deshojándose, asentaba las bases de una relación y su convivencia.

Necio de mí, la preocupación de aquel chavalito que se lamentaba por no saber si podría vivir en pareja dio paso a la responsabilidad de la paternidad. Responsabilidad que será eterna, sin marcha atrás, pero con una gran recompensa.

No cambio nada de lo que hice, y volvería a vivir aquellos días, semanas y meses, donde todo se magnificaba, donde el tiempo se ralentizaba, las estrellas brillaban para que ella y yo pudiéramos andar el camino sin que nada ni nadie nos detuviera.

No cambio aquellos largos días, aquellas charlas, aquellos interrogatorios mutuos donde poco a poco íbamos viendo la similitud. Un mapa mental de quién era aquél que no conocíamos.

No cambio mi declaración, la primera de mi vida, y que me dejó sin palabras por primera vez. Un locuaz y dicharachero chico que siempre tenía que elegir de entre muchas ideas, en aquella ocasión tuvo que luchar con su mente, rogándole que le diera alguna para expresar lo que quería. La sacó, y no la cambio por nada.

No cambio los días esperando el fin de semana, ni el largo viaje hacia el encuentro.

No cambio la sensación desde aquel entonces de pensar siempre: “Llevo a alguien a mi lado; ahora somos dos”.

No cambio la sensación de pensar que ya no estoy solo. Ni aquella alegría al pensar que tengo una pena menos.

No cambio por nada la sensación de quitarme la losa de mi espalda y respirar aliviado.

No cambio por nada cada segundo de mi vida desde que la conocí.

Y por supuesto, no la cambio a ella por nada.

Sólo nosotros tenemos las riendas de nuestra relación. Y podrán pasar huracanes y tifones para separarnos, mas ninguno cejaremos en nuestro empeño. No nos dejaremos derrotar y siempre lucharemos, por nosotros, por los dos, los tres o los que con buena fortuna, formen nuestra familia.

Y no acabaré con un tópico. Quizá demasiado visto en el lenguaje. Mis palabras están dichas, y no son dos, sino varios cientos. Y van para ti. Y ninguna será desdicha en el futuro, como siempre he presumido y sigo presumiendo.

Dame la mano y continuemos el camino.

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