Monthly Archives: enero 2012

Cierre de Megaupload y lo que supone

Compártelo si te gusta:

Acaba de cerrar Megaupload el FBI. Por piratería, blanqueo y no sé cuántas cosas más.

Pero, ¿sabéis lo que me hace gracia? Que no saben el camino tan malo que están tomando. La Industria se cree la jefa suprema del cotarro, pero no se da cuenta que esa época ya pasó.

Hace años, había pocas cosas que rivalizaran con el dinero que movía el cine y la música. Nadie podía hacerle frente. Era lógico que pudieran mover hilos a su antojo.

Pero como he dicho, eso ya no es así. Ahora la Industria musical y del cine no son sino otras dos más entre tantas. Hay millones que se mueven gracias a otras cosas que no tienen nada que ver con ellos.

Con esto quiero decir que ya no se las deberían dar de tan importantes. Se perderían millones, sí, pero ya la sociedad no es tan cerrada como antes, ahora salen ideas de debajo de las piedras y cada día se crean nuevas empresas y proyectos que vienen a ser los que el día de mañana muevan los millones.

Pero lo peor no es esto. En su afán por proteger sus intereses y una forma de negocio tan antiguo, la Industria no se da cuenta que está dando golpes al aire y está empezando a recibir los que sí que manejan el cotarro de verdad: los bancos.

Imaginad lo que supone para Visa, Mastercard, Paypal y la ristra interminables de bancos el cierre de Megaupload. Imaginad la cara que van a poner cuando vean el dinero que se les va a ir por la pataleta de esos pequeños seres (a sus ojos, obviamente) llamados música y cine.

El día que ciertas empresas realmente gordas se mosqueen por lo que les haga perder esta gente, será cuando el mundo tiemble de verdad. En ese momento, mágicamente las denuncias a webs de enlaces desaparecerán, las leyes Sinde/SOPA/PIPA desaparecerán misteriosamente y la industria saldrá diciendo cosas como “hemos apostado por el futuro”, “ahora entraremos de lleno en el siglo XXI”, “se está creando una nueva plataforma para adaptar las páginas ‘ilegales’ a nuestro nuevo modelo”, etc., etc.

Tiempo al tiempo.

Yo lo veo como en esta escena. Intentaré representarlo lo mejor posible:

 

Varios señores penosamente vestidos con ropa que aparenta ser elegante, entran en un local grande. Su aire es altivo, dándoselas de importantes. Llevan maletines de plástico, con el símbolo del dólar y procuran que se vea. Su cara alta, con media sonrisa y mirando con una mezcla entre desprecio y narcisismo.

Hay mucha gente, de distinto tipo y cada uno se dedica a lo suyo. Hay gente más desaliñada, otra mejor vestida, grandes empresarios, niños, ancianos…

Sin embargo, entre tanta diversidad, hay un grupo de señores que sobresalen entre los demás. Son de mediana edad. Van muy bien vestidos, ropa como sacada de una película de cine negro. Hablan poco y casi siempre entre ellos. Todos saben quienes son. Se sitúan siempre en el mejor rincón del local. Nadie se atreve a contradecirles, nadie ocupa nunca su lugar.

Frente a ellos hay una mesa. Los papeles curiosamente ordenados parecen indicar que nada se les escapa. Casi todos están recostados. No miran a nadie en particular. Sólo miran al infinito o a su puro mientras hablan.

De vez en cuando giran la cabeza para ojear su maletín de piel, elegante, negro sin marcas ni símbolos. Cierres dorados con combinación.

La gente se acerca a ellos con cuidado. Unos salen contentos, otros tristes y algunos salen despavoridos ante la sola mirada inquisitiva del que se molesta en escucharles.

Los señores del maletín con el símbolo del dolar hablan fuerte para que se les oiga. Causan mucho ruido.

Detrás de ellos vienen los guaperas, los niños de la fama; gente que hace que las niñas griten y los tíos los envidien. Gafas oscuras, de sport y con sonrisa de  película.

A su lado se encuentran las chicas. Señoritas de cuerpos de infarto. A los tíos se les cae la baba.

Se acercan al centro del local, con gritos de niñas y babeos de niños. Muchos adoran a esa gente.

En su camino, golpean a varios chavales por escuchar música. Otros salen despedidos contra la pared sin poder mediar palabra.

Se encuentran con un empresario, se acercan a él, le dicen dos palabras, entran en una discusión y el empresario recibe un golpe que lo deja tirado en el suelo, sangrando.

En su mano llevan un látigo que balancean y restallan para infundir miedo. Este látigo a veces alcanza a alguien, otras veces apenas roza. Pero lo que sí hacen es molestar.

Así están un rato. Se paran en zonas concurridas, donde se reunen amigos, familias… Están haciéndose notar sin nada que les distingan de otros empresarios. Su única intención es ser más que nadie por cualquier medio.

Llegan al centro de la sala.

-¡Señores! -dice el que parece el jefe-. Aquí se va a acabar la tontería. Aquí mando yo. El que me moleste o me perjudique, lo pisoteo. Tened en cuenta que tengo motivos y puedo hacerlo, todos lo sabéis.

Con estas palabras, comienza el cuchicheo de la gente. Unos los apoyan porque tienen razón. Otros los critican por su forma tan barriobajera de proceder.

A nadie deja indiferente.

Unos pasos más adelante de donde se encuentran, hay un gran empresario, que mueve muchos millones con sus negocios. El dueño del local lo sabe y está contento de tenerlo.

El empresario los ve de venir y con una sonrisa se dirige a ellos para ver qué quieren.

-Tú sabes lo que queremos, chaval. Tienes algo que nos pertenece, así que venga, a soltarlo.
-Señor, no sé de qué me habla -contesta el empresario-. Yo no tengo nada que le pertenezca. Al contrario, hago lo posible por no entrar en esos negocios.

Nunca pierde la sonrisa, aunque sus nervios hacen demostrar que sabe a lo que vienen estos señores.

De repente, y sin mediar palabra, levantan el cuchillo que portan y le asestan 3 cortes: uno en la mano derecha, otro en el pecho y el tercero en la pierna. La gnete se asusta. El empresario se cae al suelo de dolor, maldiciendo. El dueño del local levanta la mirada para ver qué ha ocurrido.

El empresario sale del local y el dueño se lamenta, era un buen empresario y daba mucho dinero. Pero así son las cosas.

Una vez quitado de en medio el que daba la lata, estos señores miran de forma furtiva a los que se encontraban haciendo negocios con él.

Se acabaron los negocios para él.

Tras el susto inicial, la gente sigue con lo suyo. Algunos negocios interfieren en los de estos individuos, pero rápìdamente  los quitan de en medio.

Más adelante se encuentran a otro gran empresario. Este ya no le es indiferente a la gente. Saben que es muy querido y les gusta que esté ahí.

Le dan el encuentro en su lugar de negocio. Todos se retiran para dejarle paso, pero nadie se va. Parece como si quisieran defenderlo.

-¡Oiga! -grita el individuo tocapelotas-. ¿Todavía no se ha dado cuenta que estamos quitando de enmedio a los que interfieren con nuestro negocio?
-Lo sé, señor, y me parece estupendo. Su negocio es suyo. -Se acerca a un compañero cercano y le cuchichea algo. Su amigo se aleja-. Tenga en cuenta que siempre estaremos dispuesto a ayudar.

Están un rato discutiendo, un rato que parece eterno. Se pasan notas, papeles.

El amigo del empresario está más atrás en un rincón retomando los negocios de su amigo. No quieren que se les vaya nadie. Más tarde, se le unirá su compañero, cuando vea que ya no puede más con estos señores.

Otros han hecho lo mismo. Cuando estos individuos tiran a los pequeños comerciantes al suelo, mucha gente se presta a levantarlos. Son estos mismos los que les invitan a formar parte de un negocio similar más atrás.

El modelo que tienen los individuos prepotentes es ineficaz, porque lo que destruyen hacia delante, se reconstruye por detrás.

Se acercan al fondo, a la zona de los grandísimos empresarios. Aquí no hay medias tintas. Aquí hay que usar el látigo.

Lo levantan y empiezan a llamar la atención.

-Parece que esta gente quiere guerra -murmura un empresario.
-Y que lo digas -le responde un rival cercano-. Pues vamos a pelear.

Se dan la mano y se preparan para la lucha.

El dueño del local empieza a estar molesto, pero las continuas presiones de estos individuos sólo le hacen agachar la cabeza y hacer como el que no ve. Muchos se acercan a él para negociar un cambio en este tipo de negocios y de conductas, pero no lo consiguen. Sin embargo, los individuos prepotentes sí consiguen cambiar las cosas, siempre a su favor. Algunas de las cosas que han conseguido única y exclusivamente para ellos: permitidas las peleas en el local; permitidas los navajazos; prohibidas las quejas de los que reciben; facultad para poder hacer lo que quieran sin que les interfieran.

Los dos empresarios que se han aliado, empiezan a discutir acaloradamente con los prepotentes. Uno de estos últimos sufre una contractura y se retira más atrás para curarse.

El jaleo impera en el local, la gente se queja, otros gritan, algunos lloran. No quieren que les pase nada. Estos son de los grandes.

El látigo se mueve a un lado y a otro. Golpea a grandes, a chicos, a inocentes y a gente indeseable.

Entre la bulla, hay unos señores que se ponen nerviosos, pero sin perder la compostura. A ellos nadie les ha pedido opinión porque no tienen cabida en ese tipo de prácticas. Ellos reciben casi lo mismo les pague quien les pague, pero están empezando a mosquearse porque se han ido muchos de sus favoritos.

Evidentemente se trata de los mandamases, aquellos con chaqueta, bien vestidos y en el mejor rincón.

En uno de esos movimientos de látigo y acorralado por varios empresarios, uno de los individuos roza y hiere a uno de los peces gordos. Éste se levanta con parsimonia, sin prisa y mirando al suelo.

Inmediatamente y como si se hubiera activado un resorte, se hace el silencio en el local. No se escucha nada, tan solo las neveras con su ronroneo incesante.

La cara pálida del tocapelotas demuestran su miedo.

El pez gordo sale de su lugar. Sus zapatos pulcros y relucientes suenan en el local. Es un sonido característico que todos conocen.

A paso lento se acerca al individuo que lo ha herido. Todos se alejan a su paso, como si alrededor de él hubiera un escudo invisible.

Le pone la mano en el hombro, y tiembla con ese contacto.

-Me has hecho daño.
-Lo-lo si-siento -tartamudea-, p-pero tengo m-mis m-motivos, c-créame.
-Te creo, pero mira hacia allá. -Extiende su mano haciendo un barrido por el local. Se ven gente ocupando los puestos de los que ellos destruyeron. Incluso algunos ha retomado sus negocios en otro lugar-. Has echado del local a mucha gente que me daba mucho dinero.
-Pero señor, estaban interfiriendo en mis negocios y eso no está permitido.
-Vale, te voy a decir una cosa. -Se acerca a él y le susurra algo. Algunos oyen una palabra de las que ha dicho: “mando”.

Levanta la cabeza. El dueño del bar está mirando el espectáculo desde detrás de la barra mientras seca unos vasos.

-¡Tú! -grita el pez gordo-. ¡Ven aquí!

Al dueño del bar le tiemblan las manos. Se le cae el vaso al suelo, estallando en pedazos. Sale corriendo de la barra, con pasos cómicamente pequeños pero rápidos, mirando al suelo y con las manos entrelazadas en el pecho.

-¡Rápido, no tengo todo el día!

Al llegar, el mandamás lo agarra también por el hombro y se dirige a una puerta tras ellos con el cartel de “Privado”.

Cuando se cierra la puerta, la gente empieza a murmurar. Nadie quiere hablar fuerte porque sus compañeros siguen ahí y escuchan todo.

Al cabo del rato salen los tres. El prepotente ya no lo parece tanto. Su cara es la muestra del abatimiento y no deja de mirar al suelo. Parece hasta más pequeño. Su ropa ha cambiado, ahora va con ropa normal, sin muchas parafernalias. Su maletín ha desaparecido y en su lugar lleva una gran cartera donde parece llevar papales.

El pez gordo, con su paso característico y con su herida curada bajo una tirita casi inapreciable, se vuelve a su sitio. Sus compañeros le dan la mano y luego se sientan.

La gente presiente un cambio. Nadie sabe lo que va a pasar a continuación, pero el aspecto del hombrecillo hace suponer que la cosa no va a ir por los mismos derroteros que antes de entrar por la puerta.

El dueño del local se aclara la garganta y la gente se calla.

-Hemos llegado a un acuerdo. Nuestro amigo va a anunciar una importante novedad.

El hombrecillo mira al pez gordo que se ha sentado. Éste le sonríe como queriéndole decir algo. El otro sonríe tímidamente y el gordo asiente.

-Q-Quiero ancunciar -empieza con una voz casi inaudible. Se aclara la voz y continúa-. Quiero anunciar una mejora en mis negocios. Invito a cualquiera que quiera hacer algo, que hable conmigo, tengo importantes novedades. Pondremos cuotas asequibles a cualquiera, en razón a su venta. Haremos unos paquetes y crearemos sucursales para que haya más representatividad nuestra.

El dueño del local habla:

-Hemos vuelto a prohibir los navajazos y ahora el que necesite algo tiene que acudir a mí o a los encargados de seguridad.

Tras esto, y sin perder la sonrisa, como si hubiera hecho una gran obra, le da unas palmadas al hombrecillo y se aleja a la barra.

Tras este momento, las peleas cesaron, las guerras y las disputas ya no eran tan habituales y todos continuaron con sus negocios, pero esta vez sin interferencias y hasta con ayuda.

 

¿Qué no? Tiempo al tiempo.

Compártelo si te gusta: