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Bin Ladem

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Hoy nos hemos despertado con la noticia de que EEUU ha matado a Bin Ladem.

Un asesino ha muerto. Ha muerto el que provocó la muerte de tantos cientos de personas en las Torres Gemelas. El asesino que provocó tanto llanto y que medio mundo se estremeciera, ha muerto, lo han matado por fin.

La celebración por todo el mundo occidental no se ha hecho esperar y estamos como locos porque el terrorista hijo de la gran puta haya muerto.

Es cierto que no se merecía vivir, y menos en el lujo en que vivía. No se merecía respirar el mismo aire que el resto de los humanos, porque él es el más malo de todos los malos.

Obama ha salido anunciando la noticia y alegrándose de haber dado caza al asesino. Un discruso precioso.

Hasta aquí todo lógico. Es lo que la mayoría tendemos a pensar y nos alegramos de la noticia.

 

Veamos otra historia.

Un tipo entra en un colegio, mata a mucha gente y se larga. El tipo se esconde y logra burlar a la policía durante un tiempo. Unos meses después, la policía lo coge, pero lo mata en el instante.

La noticia llega a los medios: “Policía mata al asesino a sangre fría”. La gente se echa las manos a la cabeza, el FBI interviene, se captura al policía, se lleva a juicio y se le mete en la cárcel. El policía se pasa toda su vida en la cárcel.

El presidente sale condenando la actuación del policía. La familia del asesino recibe las condolencias del mismo presidente afirmando que su hijo iba a recibir atención psiquiátrica para reincorporarse a la sociedad y que lamentan la mala actuación de la policía.

 

Ambas historias son lógicas, ¿no? De hecho, la primera ocurrió esta mañana y la segunda habrá ocurrido cientos de veces en la historia de EEUU. Quizá nadie se sorprenda y todos piensen que esta entrada es absurda. Pero leedlas de nuevo.

Pintemos la primera del mismo color que la segunda.

Un asesino internacional atenta en EEUU. El presidente de turno, le declara la guerra al tío. Anuncia abiertamente que lo quiere vivo o muerto.

Su sucesor, del extremo opuesto de la política, sigue su tarea, lo busca, lo encuentra y lo mata a sangre fría en otro país, en otro continente. Nada de juicios, nada de tratamiento psiquiátrico, nada de apresar, nada de cárcel. Simplemente, asesinato.

El presidente no solo no condena el asesinato sino que lo anuncia abiertamente, se alegra, se vanagloria de ello y lo celebra. En todo el país se alzan gritos de alegría de “USA”.

En ambas historias hay muertes, en ambas hay asesinos sanguinarios que no merecen vivir, en ambas hay un asesinato del mismo asesino.

La diferencia son las reacciones.

¿Mi opinión? Muy clara. No actúes de una forma en unas circunstancias y de otra forma en otras. Eso se llama hipocresía. ¿Tu país es democrático? Hazlo bien.

Si vas a pillar al tío, llévalo a tu país y condénalo allí, o preséntalo ante la comunidad internacional para condenarlo entre todos. El resto vendrá solo, la gente se pondrá de tu parte.

¿Sabéis lo peor? Que no sé si es peor el remedio que la enfermedad.

Recemos porque la muerte de Bin Ladem no sea el peor error que haya cometido EEUU.

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