Sufriendo el amor

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Junto al amparo de un fenicio atardecer, el paganismo de su gracia esconde el secreto de su belleza.

Aquellos cuatro ladrones en un lustro me robaron, dejando mi alma sin consuelo; mas mi abjuración jamás obtendrán, y por siempre reclamaré lo que desde entonces ansío sin descansar.

En el resplandor de su mirada se refleja la inocencia de su ser, guardando en un rincón la inteligencia de casi dos décadas a la sombra de su propia mente.

Ningún parecido la atrae, ninguna gracia presuade a su alma, aunque su risa hacia mí, carga a mi corazón del regocijo de su resonar.

La carretera es mi enemigo, y mi lento avance responde a un capricho de mi destino. Mas en estos momentos cuya cercanía no responde a mi única voluntad, un rayo de luz ilumina mi existencia, divisándose un pequeño candil que guía el camino.

Su silencio no calma mi desconsuelo y su pasmo ante la reiterada revelación prevé la continuación de la desdicha, no quedando más que mi soledad.

Y la Red se burla una vez más, trayendo su imagen para hacer pedazos mi alma, y mientras esta mofa resuena, unas palabras a un desconocido le ponen título, enfatizando el destino de este pobre solitario, cuya visión del amor parece desdibujarse entre letras y números en los que doce horas componen el único consuelo al que es capaz de aferrarse.

Es una eterna agonía hecha pública, en la que la cercanía personal al ser amado la convierten en un dolor insufrible del que no se puede escapar más que con el remiendo adecuado, mas la luz no se acerca y el tiempo pasa sin que nada en este mundo acerque su mano a la mía y pronuncie esas dos palabras mágicas que convertirían mi existencia en un camino de rosas.

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