Vidas paralelas

Marta esperaba el autobús mientras la gente la miraba disimulando. Estaba triste, muy triste.  Apenas podía levantar la mirada. A veces lloraba. Otras ves simplemente suspiraba.

Se sentía desdichada. No estaba feliz con su novio a pesar de que no tenía motivos. Su trabajo no le daba la motivación diaria necesaria. No sabía por dónde encaminar su vida. Se pasaba las horas pensando, sentada en su sofá, a veces con la tele encendida pero sin verla; otras veces a oscuras.

Un chico en silla de ruedas se acercó a la parada. Su sonrisa le iluminaba la cara. Parecía feliz.

—Hombre, Paco —dijo un hombre de pelo cano—, ¡qué de tiempo! ¿Cómo lo llevas? Ya sabes…
—¡Hombre, Luis! Bien, me va bastante bien —dijo Paco, el chico de la silla de ruedas—. Ya sabes cómo soy. Alguien dijo una vez “el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”.

Marta sintió curiosidad y comenzó a escuchar la conversación sin levantar la mirada.

—Tengo muchos proyectos —continuó diciendo Paco—. Teníamos proyectado sacar adelante la empresa y pienso hacerlo por ella.
—¿Y va bien? —preguntó Luis.
—Pues sí, bastante bien. Tengo a mi cuñada contratada. Ella lo lleva peor. Intento animarla, y creo que empieza a superarlo. Nos estamos implicando mucho en sacar el proyecto adelante, y empieza a dar sus frutos. Ayer mismo me llamó por teléfono un representante de una empresa que quiere empezar a hacernos pedidos.
—Oh, qué bien. Me alegro. No sabes cuánto me alegro.
—Gracias. Ahora voy a verla. ¿Ha pasado ya el que va al cementerio?
—No sé.

Marta levantó la cabeza y dijo:

—No, yo llevo aquí 15 minutos y aún no ha pasado.
—Ah, muchas gracias. Bueno, esperaré. —Pacó miró a Luis y añadió—: Ahora estoy en trámites de adoptar un niño.
—¡No me digas! —exclamó Luis.
—Pues sí. —Su sonrisa se agrandó y parecía el ser más feliz del mundo—. Habíamos hablado mucho de empezar a buscar niño. Ahora voy a hacerlo. Por ella.  Estoy muy ilusionado. Quiero hacer todo lo que habíamos planeado. Viviré por ella y disfrutaré por ella.

Marta abrió los ojos como platos al escuchar esto último. Le parecía increíble cómo hablaba este hombre.

Decidió que se iría andando para pensar. Se levantó y empezó a andar. Abrió su bolso y sacó su cartera. Sacó la foto de su novio. La miró durante un rato y la guardó.

Se le escapó una lágrima mientras pensaba en lo que ella tenía y no sabía apreciar. Su vida era maravillosa. Tenía trabajo, buena salud y un novio que la quería. Pensó en recuperar aquellos proyectos personales que siempre había querido hacer. Aquel chico le había dado fuerzas.

Sacó su móvil del bolso y llamó a su novio.

—Hola, cari —respondió su novio al descolgar.

Marta empezó a lloriquear.

—Hola, vida.
—¿Qué te pasa? ¿Dónde estás? ¿Quieres que vaya a verte? —El chico estaba preocupado al escuchar a su novia llorar.
—No te preocupes, vida. Ahora sí que estoy bien. Necesitaba escucharte. Luego te contaré, pero ahora estoy feliz.
—¿Seguro que estás bien?
—Seguro, de verdad. No te  preocupes, no me ha pasado nada. Es de la alegría de escucharte. ¿Te parece si luego nos vamos al cine y te cuento? Quiero ver aquella de risa que vimos anunciada el otro día.
—Vale.
—Recuerda que te quiero.
—Yo también te quiero. Hasta luego.
—Hasta luego.

Marta se secó las lágrimas y empezó a animarse.

Ese día, Marta aprendió una gran lección. Quizá estés triste con tu vida o tengas problemas, pero el tiempo pasa y si no haces nada, lo único que vas a conseguir es perder poco a poco tu vida. Ten motivaciones, busca ayuda externa, habla con quien tengas que hablar. Haz lo que sea, pero vive lo más contento y feliz que puedas. Quítate los problemas de encima lo más rápido que puedas. No te recrees en la pena, porque así no conseguirás nada.

Las mentiras de Daniel

Ese día, Daniel no tenía ganas de ir con sus amigos a la cafetería después del trabajo. Empezaba a aburrirle la misma cantinela de siempre. Sus intereses hoy eran otros: correr con su moto. No lo hacía por presumir, sino por sentir la velocidad.

Darío se acercó a él minutos antes de acabar su jornada.

– Tío, dice Joaquín que si te has traído el segundo casco, que hoy ha venido en metro.
– Lo siento, hoy no puedo ir, mi madre está mala y quiero quedarme con ella para hacerle la cena y acompañarla.
– Vaya. ¿En serio? Bueno, si tienes que quedarte con tu madre… Dale ánimos de nuestra parte. A ver si mañana puedes venirte.

Darío parecía que sentía mucho que no pudiera ir con ellos. Cuando se alejó, Daniel se quedó pensativo. Algo en su interior le decía que no era buena idea lo que estaba haciendo, pero necesitaba despejarse.

Hoy iría lejos con la moto. Llevaba días sin ánimos y lo que menos quería era escuchar a cuatro tíos hablar de lo mismo de siempre. Y él podía estar de suerte, porque sus amigos no hablaban de fútbol ni de mujeres. Ellos hablaban de política, economía y temas de actualidad. Temas que a él también le interesaban, pero no hoy.

Sí, hoy iría lejos, y rápido, tenía ganas de sentir el viento.

Salió, se montó en su moto y se alejó de la ciudad por la autovía, en dirección a ninguna parte.

Darío se acercó a sus amigos con ánimo apesadumbrado.

– Chavales, este no viene.
– ¿Y eso? -comentaron casi todos a la vez con tono de sorpresa.
– La madre está mala y se va a quedar con ella para hacerle la cena.

Media hora después de salir, Daniel tuvo un accidente con su moto. Tuvo que ser ingresado muy grave en el hospital.

Cuando se recuperó, sus amigos lo fueron a ver.

– Dani, tío, ¿cómo estás?
– Como si me hubiera dado con un muro a 200 km/h. –Intentó sonreir y le salió una sonrisa fría, como con culpa. Luego añadió:– Lo siento, me encontraba desanimado y necesitaba despejarme.
–Tío, somos amigos. Te hubiéramos ayudado entre todos. Nos lo dices y te aconsejamos en lo que sea. O nos vamos a otro lado. Nos da igual. ¿Verdad?

Todos asintieron.

– Gracias.
– Toma, esto lo teníamos guardado para ese día. Era tu cumpleaños y queríamos regalarte esto.

Uno del grupo sacó un regalo de una bolsa. Era una caja. Daniel la abrió y era un casco. Firmado por su ídolo.

– ¡Hostias! ¡Gracias! Esto sí que me hubiera levantado el ánimo.

Se le saltaron las lágrimas.

– Venga, tío, ánimo.

 

Una semana después, Daniel salió del hospital. Para celebrarlo, fueron a tomar algo a su lugar de siempre.

Daniel, que había tenido tiempo de pensar durante su recuperación, dijo:

– Señores, vamos a intentar cambiar un poco hoy el tema de conversación. –Agachó la cabeza–. Por no decíroslo la otra vez, mira lo que me pasó.
– Lo que quieras, tío –dijo uno.
– Empieza tú. Ya sabes que a mí me da igual, yo hablo de todo –añadió otro.
– Es para pegarte –dijo Darío en tono simpático–. ¿Cuántas veces he dicho yo “tíos, vamos a dejar esto que me aburro como una ostra”?.

Lo recordaba. Pero en aquel fatídico día no lo recordó. Y tampoco era necesario. Su amigo Darío lo decía y a él no le molestaba. Eran amigos, ¿por qué iba a molestarle? Qué estúpido se sentía.

Daniel aprendió una gran lección aquel día. Nadie sabe dónde te puede conducir una mentira. Sin embargo, decir la verdad es siempre más productivo. Los que te quieren, apreciarán la verdad siempre, sea cual sea. Una verdad bien dicha vale más que las mil mentiras que la justifican.

El anciano de la guerra

El anciano se sentó en la mesa contígua. No lo vi llegar. El escándalo de la cafetería era notable. Y con un hilo de voz me dijo:

– ¿Sabes? Soy mutilado de guerra. Salí de la trinchera y explotó una mina.

Lo miré con interés. Los estragos de la edad hacían mella en su cara. Sus ojos caídos le daban aspecto de tristeza, aunque sólo era una apariencia debido a las arrugas. El parkinson era notable aunque aún podía manejarse a la perfección sin derramar el café. Continuó hablando:

– Tengo 95 años.
– ¿En qué bando luchó usted?
– Con Franco -añadió él sin bajar la mirada. A continuación se acercó a mí y en un susurro me dijo:-. ¿Pero sabes? Franco está enterrado y yo sigo vivo. Que le den por culo a Franco.

En aquel momento supe de primera mano lo que siempre se ha comentado. La Guerra Civil fue creada por los de arriba y luchada por los de abajo por cojones.  Como si me hubiera escuchado, añadió:

– Vivía en Utrera y vinieron a por mí. No tenía ni 18 años, los cumplía 2 meses después. Y tuve que luchar con ellos porque fueron los primeros en coger Utrera. Si hubieran entrado antes los otros, hubiera luchado con los otros.

Su voz sonaba tranquila, pausada, pero con una firmeza y claridad admirable.

Me comentó que le gustaba la poesía y me dijo 3 de su propia pluma. Apenas titubeó en la última. Las dijo de memoria.

A cada palabra que pronunciaba, yo quedaba más alucinado. Poesías a un torero, una folclórica y un cantaor flamenco. Pero todas ellas desde el respeto y la admiración, destacando lo mejor de su poderío.

Me sonrió y me preguntó si me gustaban. Yo le dije que sí, que me había encantado y lo elogié como se merecía.

Tras un sorbo al café, me dijo:

– El médico dice que no tengo nada. Ni azúcar ni colesterol… nada. Y yo le dije “tengo una pierna mala”.

Y rió, aunque apenas le salió la risa. Pero en su interior se veía que quería reir, que era feliz. Al fin y al cabo, una risa no es más que una expresión facial. Y este hombre no sólo era feliz por dentro, sino que hizo todo el esfuerzo que pudo para que se notara en su cara.

Se acabó el café, los churros y cogiendo su bastón, se levantó, me dio la mano y me deseó que nos volviéramos a ver. Lo vi alejarse hacia la salida con paso firme.

Tras esta experiencia, comprendí que la vida sigue contigo o sin ti. La guerra para este hombre supondría un duro revés, y el problema de su pierna, aún peor. Pero él entendió que la vida era hermosa y que tenía que seguir. A sus 95 años, sigue escribiendo poesía, disfruta de su vida, sus muchos amigos y tiene ilusiones de futuro, con proyectos que le confieren un aspecto juvenil.

Ella

La frustración se apoderaba de mí día a día. Un desfile fantasmal cruel que avanzaba frente a mis ojos y usaba un modus operandi casi calcado: hola, café y adiós. La visión de ver venir lo inevitable se me antojaba casi macabro. ¿Otra vez? Y sin remedio lo aguantaba, apretando los dientes.

Pero como si de una premonición se tratara, una última fuerza surgió de lo más hondo de mi ser. De entre las páginas, un nombre cualquiera y un pueblo conocido.

La desgana se había apoderado de mí, y cual robot, solo hacía lo que mi trabajo me había enseñado muy bien: escribirle a una persona en la distancia. No había ilusión.

Una voz interior me preguntaba, me interrogaba. ¿Sería distinta? ¿Saldrá ésta del desfile? Nunca hubiera supuesto cuán distinta iba a ser.

Pero el destino era caprichoso, y como un último juego, me puso a prueba. Semanas sin noticias y viendo cómo mis palabras caían en el saco roto de la red. A mi mente se le devolvía un error continuo: “destino inaccesible”.

Pero no sufría. Ya no. Era un robot, un programa que comprobaba si mi destino estaba disponible. Y no lo estaba.

Y seguía buscando. Y seguía sin encontrar.

Y un día el destino respondió. Sin ganas. ¡Pero respondió! Un avance. Y la voz me avisaba: “chaval, cuando iguale a las demás, estarás en el mismo sitio”. Y tenía razón. Un paso tan minúsculo como desesperante.

Pero la voz calló cuando vio de cerca lo que ya no era un fantasma. Apenas se alejó de la pasarela, acercándose a mí, dándome esperanzas, pero de una manera difusa.

Era nuestra primera cita, y estaba a punto de llegar al mismo sitio que con las demás. Mas por un instante me pareció reflejarme en un espejo cuando la pregunta que yo solía hacer, me la hizo ella a mí: “¿Nos volveremos a ver? ¿Sí? ¿Me lo prometes?”

Pensé que esto cambiaba la situación, pues ella parecía vivir mi misma desesperación. Dos caminos que se unen en el mismo punto, en un cruce donde los demás sólo habían construído un puente para esquivarnos.

Y la promesa de una nueva cita nos devolvió la ilusión a los dos. Dos desconocidos intentando superar los fracasos de gente sin piedad.

Y el destino hizo su trabajo, botando dos barcos que comenzaron a navegar juntos.

Los nervios de los primeros meses se relajaron y las vivencias comenzaron a escribir el libro de la vida de los dos enamorados. Sin destino marcado, pero con camino por recorrer.

Los días se convirtieron en meses, y los meses en años, llenando los corazones de vivencias, viajes, risas y planes.

El pueblo de Chipiona se convirtió en mi segunda casa y los cortos fines de semana conformaban un calendario que pronto se haría habitual.

Un calendario que deshojándose, asentaba las bases de una relación y su convivencia.

Necio de mí, la preocupación de aquel chavalito que se lamentaba por no saber si podría vivir en pareja dio paso a la responsabilidad de la paternidad. Responsabilidad que será eterna, sin marcha atrás, pero con una gran recompensa.

No cambio nada de lo que hice, y volvería a vivir aquellos días, semanas y meses, donde todo se magnificaba, donde el tiempo se ralentizaba, las estrellas brillaban para que ella y yo pudiéramos andar el camino sin que nada ni nadie nos detuviera.

No cambio aquellos largos días, aquellas charlas, aquellos interrogatorios mutuos donde poco a poco íbamos viendo la similitud. Un mapa mental de quién era aquél que no conocíamos.

No cambio mi declaración, la primera de mi vida, y que me dejó sin palabras por primera vez. Un locuaz y dicharachero chico que siempre tenía que elegir de entre muchas ideas, en aquella ocasión tuvo que luchar con su mente, rogándole que le diera alguna para expresar lo que quería. La sacó, y no la cambio por nada.

No cambio los días esperando el fin de semana, ni el largo viaje hacia el encuentro.

No cambio la sensación desde aquel entonces de pensar siempre: “Llevo a alguien a mi lado; ahora somos dos”.

No cambio la sensación de pensar que ya no estoy solo. Ni aquella alegría al pensar que tengo una pena menos.

No cambio por nada la sensación de quitarme la losa de mi espalda y respirar aliviado.

No cambio por nada cada segundo de mi vida desde que la conocí.

Y por supuesto, no la cambio a ella por nada.

Sólo nosotros tenemos las riendas de nuestra relación. Y podrán pasar huracanes y tifones para separarnos, mas ninguno cejaremos en nuestro empeño. No nos dejaremos derrotar y siempre lucharemos, por nosotros, por los dos, los tres o los que con buena fortuna, formen nuestra familia.

Y no acabaré con un tópico. Quizá demasiado visto en el lenguaje. Mis palabras están dichas, y no son dos, sino varios cientos. Y van para ti. Y ninguna será desdicha en el futuro, como siempre he presumido y sigo presumiendo.

Dame la mano y continuemos el camino.

27 de diciembre (5 años después)

Hace ya 5 años de esta entrada.

Cómo pasa el tiempo. Parece que fue ayer cuando la escribí y ya han pasado 5 años.

Muchas veces me he planteado, ¿qué me diría si pudiera ir al pasado y hablar conmigo mismo? Y siempre llego a la misma conclusión: realmente nada, porque soy lo que soy porque hice lo que hice. Si no fuera así, todo sería diferente. Efecto Mariposa, lo llaman.

Pero dejando a un lado las cuestiones metafísicas, y actuando de corazón, creo que me preguntaría qué pienso del futuro. Hacerme preguntas que antes no me hacía, por miedo a la respuesta.

Aquella entrada del 27 de diciembre del 2007 hacía un repaso de la infancia de aquél niño nacido en el 81.

Hoy quiero repasar estos cinco años.

Aquella persona de la que hablo en la entrada, ya no es tan cercana, pero todo acabó bien, algo que gráficamente se vería como un apretón de manos y un “gracias por todo”.

He conocido a grandes personas en estos 5 años, personas que me han dado mucho y me han enseñado.

Entre ellas destaco a Antonio, un gran jefe y mejor persona. Las circunstancias son las que son, y no las voy a decir, pero me enseñó que hay gente que hace lo que haga falta por hacer las cosas como su corazón le dicta, a pesar de todo. Ese hombre me marcó mucho, y le debo tanto, que creo que nunca podré agradecérslo lo suficiente.

A todos los integrantes de Acelerados Networks, una empresa en la que aprendí mucho y me dio grandes momentos.

Cristobal, qué decir de él. Todo lo que pueda decir es poco. Me ha dado y me sigue dando muchas lecciones de vida y profesionalmente he evolucionado mucho gracias a él.

Y mi niña. Mi gran amor, el que siempre he estado buscando. Alguien que esperaba con ansia, y ya lo he encontrado. O ha venido a mí. El caso es que a día de hoy, la vida es diez mil veces mejor gracias a ella.

Veréis, si por algo me gustaría hablar con aquél Óscar de 26 años (o de cualquier edad), es para preguntarle por las parejas, su futuro amoroso, etc. Sé lo que pensaba, pero hay preguntas que sólo podría contestarla allí, in-situ.

Dependiendo del momento, contestaba una cosa u otra. Nunca nada radical, pero siempre con un toque melancólico, como esperando, como recordando el futuro, algo que podrá ser y quizá tarde en llegar.

Preguntas a veces sin respuesta y otras con respuesta a medias. Si hablara con él, seguro que me diría que no pierde la esperanza, pero no sabe cuándo llegará. Lo ve lejos, pero no imposible.

La conversación entre yo y mi yo del pasado sería más o menos así:

-Oye, ¿cómo te ves en el futuro desde el punto de vista amoroso?
-No sé, la verdad. Todo lo veo turbio. Mi futuro amoroso es algo que jamás he visto claro.
-¿Cómo te gustaría estar?

Se quedó pensativo un rato y luego dijo:

-Una chica, viviendo juntos, compartiendo momentos, de la que me sintiera orgulloso, sin complicaciones… como papá y mamá. Tú sabes, fluído, sin pegas, peleas ni riñas.

Se quedó callado un momento, sonrió con aire romántico y luego añadió:

-Me veo paseando por la playa, viendo el atardecer, cogido de ella de la mano. Hablando de todo.

Eso me recordó mi primer día con mi novia. En la Cruz del Mar de Chipiona, viendo ponerse el sol, charlando. Pero no dije nada. No era bueno darle pistas, o podría estropearse todo. En lugar de eso, le hice una pregunta dura, pero que siempre había estado en mi mente.

-¿Confías en ti para una relación?
-No. Sinceramente, desconfío mucho de mí, me da miedo no estar a la altura. Creo que papá y mamá han puesto el listón muy alto, y ellos empezaron antes. Lo veo tan idílico, que pienso que todo lo que venga será peor, y me da miedo no saber cómo reaccionar.
-Todo es cuestión de proponérselo, y es cosa de dos, ya sabes. Si con alguien no estás bien y no es lo que crees, lo podéis dejar.
-Ya, eso es muy fácil de decir, ¿pero quién se separa de alguien después de buscar tanto? Dudo mucho que tuviera furerzas para encontrar a alguien luego si me pasara algo así.

Se me vinieron a la cabeza muchas chicas que conocí y que tuve que dejar por no ser lo que buscaba. Es increíble la fuerzas que saca uno en momentos difíciles. El amor todo lo puede. Le dije algo que le irritaría, pero tenía que decirlo:

-Tendrás que hacerlo. Créeme, tendrás ocasiones en las que no te compensará para nada.
-¿Y me quedarán fuerzas? ¿En serio? ¿De dónde sacaré las fuerzas?
-Del día a día, amigo. No habrá nada más potente que la perseverancia, y te darás cuenta tarde o temprano. ¿Recuerdas esos golpes de la vida que todo el mundo habla y que te hacen despertar y aprender? Pues esos te harán ser paciente, y seguir buscando.
-¿Lo conseguiré?

Me quedé pensativo un momento, sopesando la respuesta. No era fácil responder sin alterar el futuro. Me encogí de hombros dándole a entender que tendría que descubrirlo por sí mismo. Y añadí:

-Mírame a la cara y dime qué ves. Sé que puedes.

Me miró fíjamente. Su mirada irradiaba tristeza, como si le faltara la mitad de su vida, como si estuviera a medias. Esa mirada era de un hombre menguado por sus circunstancias. Se veía inseguro. Sus ojos vagaban cuando se distraía. A veces miraba a un lado, recordando; otras veces miraba al otro, inventando su futuro, navegando por situaciones y mundos que nunca existieron. Me dio pena de aquel muchacho, porque no vivía el presente, siempre se refugiaba en el pasado, otras en el futuro.

-Te veo muy maduro -dijo por fin, con un toque de envidia-. Madre mía, lo que daría por tener tu sabiduría y seguridad ahora mismo. Te ves feliz, es como si alguien con una varita mágina te hubiera tocado y hubiera dado la vuelta al calcetín. No veo duda en tus ojos. No veo la razón o motivo por el cuál puedo llegar a evolucionar tanto en tan poco tiempo.
-Quizá sí lo sepas -añadí recordando mi gran cambio en la vida-. Piensa en tu cambio de personalidad en 4º de ESO. ¿Recuerdas? Pues algo así te ha pasado.

Le cambió la cara, agachó la cabeza y dijo sin mirarme:

-¿Habrá otra como esa? ¿Tan mal estoy y no me doy cuenta?
-No es que estés mal, Óscar, es que siempre hay algo que aprender. Yo sé que ya has apreciado lo que te ha pasado por tu vida, pero también sé que envidias otras cosas y te lamentas en cierto modo de no tenerlas por haber sido lo que eres. Pero gracias a eso, serás como me ves. Y créeme, yo sé que a mí me queda muchísimo por aprender y muchos cambios como este que ves entre tú y yo.

Me miró y sólo dijo:

-Imagino.

Agachó la cabeza otra vez y me dijo con tono de súplica:

-Dime al menos si voy a encontrar a alguien.
-Mírame otra vez, Óscar. ¿Me ves feliz?

Afirmó con la cabeza mientras me miraba evitando mirarme a los ojos.

-¿Entonces qué importa si he encontrado a alguien o no? Estoy feliz, quédate con eso.

Me miró a los ojos y con sonrisa irónica (casi sarcástica), me dijo:

-Venga ya, Óscar. Eso no te lo crees ni tú. Sabes que lo que más quiero en este mundo ahora mismo es una pareja estable. Si no tuvieras a alguien no ibas a estar tan feliz. Dudo mucho que haya habido algo tan grande que te haya hecho cambiar de opinión tanto.

Esta vez fui yo el que agachó la cabeza. Tenía razón. Si no tuviera a mi novia, no estaría tan feliz. Yo mismo me veo en las fotos y la diferencia es avismal.

Me despedí de él deseándole mucha suerte y sólo dándole un consejo: que siguiera lo que le dictara su corazón.

Fue una conversación muy interesante. Me hubiera gustado decirle lo de mi novia, cómo la conocí, qué hemos hecho desde entonces, los recuerdos que tengo de estos dos años… Aunque esto lo reservo para la siguiente entrada. Hoy quisiera acabar diciendo que sin mis amigos y familiares cercanos jamás hubiera llegado donde estoy.

Mención especial para mis amigos Javi, Itziar, Nacho, Ana, Paco y Jose Mari. Sin ellos y los buenos momentos que hemos pasado juntos, hubiera sido imposible llegar adonde estoy.

Y evidentemente para mi niña. Sin ella no estaría donde estoy y no sería tan feliz. Te reservo la siguiente entrada para ti sola.

Consejos para conductores

En este mundo donde cada uno va a su bola, nadie escucha, nadie mira, nadie aprende, nadie pide perdón, nadie da las gracias… a veces conducir relaja a muchos y estresa a otros. El resultado son unas calles y carreteras cargadas de costumbres, malas costumbres y conductas temerarias, que hacen que conducir, lejos de ser relajante y un placer, se convierta en un suplicio.

No llevo mucho de carné para lo que llevan nuestros padres e incluso abuelos, pero en lo poco que llevo he visto mucho y me ha dado tiempo a aprender. Me ha dado tiempo a hacer tonterías y aprender de ellas. La suerte de que ninguna de esas malas costumbres y reacciones imprudentes me haya causado daño, ha hecho de mí una persona bastante más prudente.

He aquí unos consejos que he ido recopìlando en mis años de conducción (y en el último año y pico, de mis más de 30 70 mil kilómetros recorridos).

Carril izquierdo para adelantar

Si hay algo que moleste a los conductores legales, es encontrar el carril izquierdo lleno de gente adelantando al aire que circula por la derecha.

Recordemos que este carril izquierdo fuera de ciudad es para adelantar, única y exclusivamente, excepto que el derecho sea un carril para tráfico lento o un carril especial, etc.

En mis años yendo y viniendo de Algeciras, he descubierto que volviendo al carril derecho, se gana tiempo. Recordad que si el carril izquierdo está con tráfico intenso y tú vas por el derecho, en teoría no deberían decirte nada por revasar a los que circulan por él. Te lo permite las normas de tráfico y además, intentar evitarlo, supondría entorpecer también el carril derecho. Así que si eres de los que te gusta entorpecer el carril izquierdo, ya sabes si te adelanta alguien por el derecho, siéntete ridículo y estúpido y haz lo mismo. Pero, OJO, sólo se puede aplicar si (y sólo si) el carril izquierdo va más despacio que el derecho. Si tú con tu vehículo, a la misma velocidad y sin aumentarla, adelantas a los que circulan por el carril izquierdo. Aumentar la velocidad para adelantar por el carril derecho se considera adelantamiento y no está permitido.

También he visto que a veces la tortuga que te entorpece delante puede ser problema de otro. Si te molesta alguien que tienes delante tuya en el carril izquierdo y no se pasa a su derecha, déjale que se pelee con él el de atrás. Mi lema es “encárgate tú”.

Otro consejo es: “la paciencia merece la pena”. Si un día te encuentras con el carril derecho semiocupado (lo habitual) y el izquierdo “petado”, pásate al derecho y deja que pase la marabunta. Muchas veces, la aglomeración en un carril va por tramos, y si dejas que pasen todos, te dejan el carril para ti y adelantar sin presiones.

También he descubierto que en esta circunstancia, por el afán de adelantar y quitarse de en medio a los demás, casi siempre la velocidad aumenta por encima del límite permitido. Si me haces caso, llegarás al mismo tiempo o incluso antes, y además mucho menos estresado.

Los límites casi siempre están por algo

Vale, empiezo aclarando esto. Es cierto que hay muchas veces que es absurdo que se pase de 120 a 80 y luego a 120 sin motivo aparente (ejemplo, carretera A381, altura de Los Barrios, sentido Jerez), pero la mayoría de las demás circunstancias están para algo.

He visto porrazos en zonas tontas. He visto vuelcos en rectas larguísimas (misma carretera, A381, recta antes de la cementera, cerca de Jerez, unos 2 km de longitud).

120 km/h en algunos tramos es dormirse, pero en otros es matarse. Si encontráis una vía donde la velocidad es 80 km/h, hacedle caso, y por lo menos no vayáis a 100 km/h.

Si os fijáis bien, casi siempre hay algo por lo que justificar ese límite. A veces son curvas, otras veces casas cercanas, otras son la falta de arcén, otras son el estado de la carretera… No subestiméis un límite de velocidad o una prohibición.

Te han adelantado, pero no es nada personal

A veces, un adelantamiento se convierte en una lucha, una deshonra (“Dios mío, me han adelantado”). Es como las peleas del oeste, o cuando en una película un tío rozaba a otro, y se enzarzaban en una pelea.

Esto no es una película, aquí se adelanta porque quieres ir más rápido, pero nadie te tiene manía, ganas, hincha o como quieras llamarlo.

Pensadlo, cuando adelantáis a un coche que va más lento que vosotros, ¿pensáis “mira el majarón este. Lo voy a adelantar, se va a enterar. Qué se habrá creído el mierda este con un coche como ese… tengo que ir delante de él, nadie se pone por encima mía”? ¿A que no? ¿A que cuando adelantáis simplemente estáis pensando “voy más rápido, voy a delantarlo”? Pues todo el mundo es igual.

Nadie va en contra tuya, a nadie le interesa quién seas, dónde vayas o por qué vas a esa velocidad. Ellos simplemente piensan que tienen que llegar a ese lugar y que si hay algún coche más lento, lo adelantan. A los 10 segundos de adelantaros, ya no se acuerdan de ti.

Relájate

Si de algo estoy contento es de haber encontrado en el coche una forma de relajarme. Aprovecha los momentos de evasión que te da conducir. Vete por carreteras no transitadas, caminos tranquilos y disfruta de la conducción. Cuanto más acostumbres al cuerpo a sentirse tranquilo al volante, menos te costará afrontar los retos de una carretera repleta, un atasco o el “no llego” que nos viene a muchos.

Si aprendes a hacer de la conducción una forma de relajarte, tu modo de conducir poco a poco se hará más tranquilo, pausado y sin estrés.

Sal antes

Otro de los problemas de la gente es que calculan mal los trayectos, los imprevistos, los atascos, etc.

Sal 30 o 45 minutos antes de lo que creas conveniente. Siempre surge algo, siempre hay más tráfico de lo normal. Siempre te entretienes a última hora con aquello que se te ha olvidado coger.

Si te propones salir 30 minutos antes, ganas tiempo a la carretera, irás más tranquilo, porque sabes que vas a llegar, y te ahorrarás disgustos.

Refúgiate en el carril derecho

Si te encuentras con una carretera con muchos coches… hazme caso, vete al carril derecho, “acurrúcate” entre dos coches en ese carril, relaja el pie, olvida tu destino y escucha la radio o disfruta del paisaje.

A veces, el propio tráfico te hace estar más nervioso. Intentar hacer lo contrario es un ejercicio que te ayudará a no pasarlo tan mal en carreteras concurridas.

 

Cierre de Megaupload y lo que supone

Acaba de cerrar Megaupload el FBI. Por piratería, blanqueo y no sé cuántas cosas más.

Pero, ¿sabéis lo que me hace gracia? Que no saben el camino tan malo que están tomando. La Industria se cree la jefa suprema del cotarro, pero no se da cuenta que esa época ya pasó.

Hace años, había pocas cosas que rivalizaran con el dinero que movía el cine y la música. Nadie podía hacerle frente. Era lógico que pudieran mover hilos a su antojo.

Pero como he dicho, eso ya no es así. Ahora la Industria musical y del cine no son sino otras dos más entre tantas. Hay millones que se mueven gracias a otras cosas que no tienen nada que ver con ellos.

Con esto quiero decir que ya no se las deberían dar de tan importantes. Se perderían millones, sí, pero ya la sociedad no es tan cerrada como antes, ahora salen ideas de debajo de las piedras y cada día se crean nuevas empresas y proyectos que vienen a ser los que el día de mañana muevan los millones.

Pero lo peor no es esto. En su afán por proteger sus intereses y una forma de negocio tan antiguo, la Industria no se da cuenta que está dando golpes al aire y está empezando a recibir los que sí que manejan el cotarro de verdad: los bancos.

Imaginad lo que supone para Visa, Mastercard, Paypal y la ristra interminables de bancos el cierre de Megaupload. Imaginad la cara que van a poner cuando vean el dinero que se les va a ir por la pataleta de esos pequeños seres (a sus ojos, obviamente) llamados música y cine.

El día que ciertas empresas realmente gordas se mosqueen por lo que les haga perder esta gente, será cuando el mundo tiemble de verdad. En ese momento, mágicamente las denuncias a webs de enlaces desaparecerán, las leyes Sinde/SOPA/PIPA desaparecerán misteriosamente y la industria saldrá diciendo cosas como “hemos apostado por el futuro”, “ahora entraremos de lleno en el siglo XXI”, “se está creando una nueva plataforma para adaptar las páginas ‘ilegales’ a nuestro nuevo modelo”, etc., etc.

Tiempo al tiempo.

Yo lo veo como en esta escena. Intentaré representarlo lo mejor posible:

 

Varios señores penosamente vestidos con ropa que aparenta ser elegante, entran en un local grande. Su aire es altivo, dándoselas de importantes. Llevan maletines de plástico, con el símbolo del dólar y procuran que se vea. Su cara alta, con media sonrisa y mirando con una mezcla entre desprecio y narcisismo.

Hay mucha gente, de distinto tipo y cada uno se dedica a lo suyo. Hay gente más desaliñada, otra mejor vestida, grandes empresarios, niños, ancianos…

Sin embargo, entre tanta diversidad, hay un grupo de señores que sobresalen entre los demás. Son de mediana edad. Van muy bien vestidos, ropa como sacada de una película de cine negro. Hablan poco y casi siempre entre ellos. Todos saben quienes son. Se sitúan siempre en el mejor rincón del local. Nadie se atreve a contradecirles, nadie ocupa nunca su lugar.

Frente a ellos hay una mesa. Los papeles curiosamente ordenados parecen indicar que nada se les escapa. Casi todos están recostados. No miran a nadie en particular. Sólo miran al infinito o a su puro mientras hablan.

De vez en cuando giran la cabeza para ojear su maletín de piel, elegante, negro sin marcas ni símbolos. Cierres dorados con combinación.

La gente se acerca a ellos con cuidado. Unos salen contentos, otros tristes y algunos salen despavoridos ante la sola mirada inquisitiva del que se molesta en escucharles.

Los señores del maletín con el símbolo del dolar hablan fuerte para que se les oiga. Causan mucho ruido.

Detrás de ellos vienen los guaperas, los niños de la fama; gente que hace que las niñas griten y los tíos los envidien. Gafas oscuras, de sport y con sonrisa de  película.

A su lado se encuentran las chicas. Señoritas de cuerpos de infarto. A los tíos se les cae la baba.

Se acercan al centro del local, con gritos de niñas y babeos de niños. Muchos adoran a esa gente.

En su camino, golpean a varios chavales por escuchar música. Otros salen despedidos contra la pared sin poder mediar palabra.

Se encuentran con un empresario, se acercan a él, le dicen dos palabras, entran en una discusión y el empresario recibe un golpe que lo deja tirado en el suelo, sangrando.

En su mano llevan un látigo que balancean y restallan para infundir miedo. Este látigo a veces alcanza a alguien, otras veces apenas roza. Pero lo que sí hacen es molestar.

Así están un rato. Se paran en zonas concurridas, donde se reunen amigos, familias… Están haciéndose notar sin nada que les distingan de otros empresarios. Su única intención es ser más que nadie por cualquier medio.

Llegan al centro de la sala.

-¡Señores! -dice el que parece el jefe-. Aquí se va a acabar la tontería. Aquí mando yo. El que me moleste o me perjudique, lo pisoteo. Tened en cuenta que tengo motivos y puedo hacerlo, todos lo sabéis.

Con estas palabras, comienza el cuchicheo de la gente. Unos los apoyan porque tienen razón. Otros los critican por su forma tan barriobajera de proceder.

A nadie deja indiferente.

Unos pasos más adelante de donde se encuentran, hay un gran empresario, que mueve muchos millones con sus negocios. El dueño del local lo sabe y está contento de tenerlo.

El empresario los ve de venir y con una sonrisa se dirige a ellos para ver qué quieren.

-Tú sabes lo que queremos, chaval. Tienes algo que nos pertenece, así que venga, a soltarlo.
-Señor, no sé de qué me habla -contesta el empresario-. Yo no tengo nada que le pertenezca. Al contrario, hago lo posible por no entrar en esos negocios.

Nunca pierde la sonrisa, aunque sus nervios hacen demostrar que sabe a lo que vienen estos señores.

De repente, y sin mediar palabra, levantan el cuchillo que portan y le asestan 3 cortes: uno en la mano derecha, otro en el pecho y el tercero en la pierna. La gnete se asusta. El empresario se cae al suelo de dolor, maldiciendo. El dueño del local levanta la mirada para ver qué ha ocurrido.

El empresario sale del local y el dueño se lamenta, era un buen empresario y daba mucho dinero. Pero así son las cosas.

Una vez quitado de en medio el que daba la lata, estos señores miran de forma furtiva a los que se encontraban haciendo negocios con él.

Se acabaron los negocios para él.

Tras el susto inicial, la gente sigue con lo suyo. Algunos negocios interfieren en los de estos individuos, pero rápìdamente  los quitan de en medio.

Más adelante se encuentran a otro gran empresario. Este ya no le es indiferente a la gente. Saben que es muy querido y les gusta que esté ahí.

Le dan el encuentro en su lugar de negocio. Todos se retiran para dejarle paso, pero nadie se va. Parece como si quisieran defenderlo.

-¡Oiga! -grita el individuo tocapelotas-. ¿Todavía no se ha dado cuenta que estamos quitando de enmedio a los que interfieren con nuestro negocio?
-Lo sé, señor, y me parece estupendo. Su negocio es suyo. -Se acerca a un compañero cercano y le cuchichea algo. Su amigo se aleja-. Tenga en cuenta que siempre estaremos dispuesto a ayudar.

Están un rato discutiendo, un rato que parece eterno. Se pasan notas, papeles.

El amigo del empresario está más atrás en un rincón retomando los negocios de su amigo. No quieren que se les vaya nadie. Más tarde, se le unirá su compañero, cuando vea que ya no puede más con estos señores.

Otros han hecho lo mismo. Cuando estos individuos tiran a los pequeños comerciantes al suelo, mucha gente se presta a levantarlos. Son estos mismos los que les invitan a formar parte de un negocio similar más atrás.

El modelo que tienen los individuos prepotentes es ineficaz, porque lo que destruyen hacia delante, se reconstruye por detrás.

Se acercan al fondo, a la zona de los grandísimos empresarios. Aquí no hay medias tintas. Aquí hay que usar el látigo.

Lo levantan y empiezan a llamar la atención.

-Parece que esta gente quiere guerra -murmura un empresario.
-Y que lo digas -le responde un rival cercano-. Pues vamos a pelear.

Se dan la mano y se preparan para la lucha.

El dueño del local empieza a estar molesto, pero las continuas presiones de estos individuos sólo le hacen agachar la cabeza y hacer como el que no ve. Muchos se acercan a él para negociar un cambio en este tipo de negocios y de conductas, pero no lo consiguen. Sin embargo, los individuos prepotentes sí consiguen cambiar las cosas, siempre a su favor. Algunas de las cosas que han conseguido única y exclusivamente para ellos: permitidas las peleas en el local; permitidas los navajazos; prohibidas las quejas de los que reciben; facultad para poder hacer lo que quieran sin que les interfieran.

Los dos empresarios que se han aliado, empiezan a discutir acaloradamente con los prepotentes. Uno de estos últimos sufre una contractura y se retira más atrás para curarse.

El jaleo impera en el local, la gente se queja, otros gritan, algunos lloran. No quieren que les pase nada. Estos son de los grandes.

El látigo se mueve a un lado y a otro. Golpea a grandes, a chicos, a inocentes y a gente indeseable.

Entre la bulla, hay unos señores que se ponen nerviosos, pero sin perder la compostura. A ellos nadie les ha pedido opinión porque no tienen cabida en ese tipo de prácticas. Ellos reciben casi lo mismo les pague quien les pague, pero están empezando a mosquearse porque se han ido muchos de sus favoritos.

Evidentemente se trata de los mandamases, aquellos con chaqueta, bien vestidos y en el mejor rincón.

En uno de esos movimientos de látigo y acorralado por varios empresarios, uno de los individuos roza y hiere a uno de los peces gordos. Éste se levanta con parsimonia, sin prisa y mirando al suelo.

Inmediatamente y como si se hubiera activado un resorte, se hace el silencio en el local. No se escucha nada, tan solo las neveras con su ronroneo incesante.

La cara pálida del tocapelotas demuestran su miedo.

El pez gordo sale de su lugar. Sus zapatos pulcros y relucientes suenan en el local. Es un sonido característico que todos conocen.

A paso lento se acerca al individuo que lo ha herido. Todos se alejan a su paso, como si alrededor de él hubiera un escudo invisible.

Le pone la mano en el hombro, y tiembla con ese contacto.

-Me has hecho daño.
-Lo-lo si-siento -tartamudea-, p-pero tengo m-mis m-motivos, c-créame.
-Te creo, pero mira hacia allá. -Extiende su mano haciendo un barrido por el local. Se ven gente ocupando los puestos de los que ellos destruyeron. Incluso algunos ha retomado sus negocios en otro lugar-. Has echado del local a mucha gente que me daba mucho dinero.
-Pero señor, estaban interfiriendo en mis negocios y eso no está permitido.
-Vale, te voy a decir una cosa. -Se acerca a él y le susurra algo. Algunos oyen una palabra de las que ha dicho: “mando”.

Levanta la cabeza. El dueño del bar está mirando el espectáculo desde detrás de la barra mientras seca unos vasos.

-¡Tú! -grita el pez gordo-. ¡Ven aquí!

Al dueño del bar le tiemblan las manos. Se le cae el vaso al suelo, estallando en pedazos. Sale corriendo de la barra, con pasos cómicamente pequeños pero rápidos, mirando al suelo y con las manos entrelazadas en el pecho.

-¡Rápido, no tengo todo el día!

Al llegar, el mandamás lo agarra también por el hombro y se dirige a una puerta tras ellos con el cartel de “Privado”.

Cuando se cierra la puerta, la gente empieza a murmurar. Nadie quiere hablar fuerte porque sus compañeros siguen ahí y escuchan todo.

Al cabo del rato salen los tres. El prepotente ya no lo parece tanto. Su cara es la muestra del abatimiento y no deja de mirar al suelo. Parece hasta más pequeño. Su ropa ha cambiado, ahora va con ropa normal, sin muchas parafernalias. Su maletín ha desaparecido y en su lugar lleva una gran cartera donde parece llevar papales.

El pez gordo, con su paso característico y con su herida curada bajo una tirita casi inapreciable, se vuelve a su sitio. Sus compañeros le dan la mano y luego se sientan.

La gente presiente un cambio. Nadie sabe lo que va a pasar a continuación, pero el aspecto del hombrecillo hace suponer que la cosa no va a ir por los mismos derroteros que antes de entrar por la puerta.

El dueño del local se aclara la garganta y la gente se calla.

-Hemos llegado a un acuerdo. Nuestro amigo va a anunciar una importante novedad.

El hombrecillo mira al pez gordo que se ha sentado. Éste le sonríe como queriéndole decir algo. El otro sonríe tímidamente y el gordo asiente.

-Q-Quiero ancunciar -empieza con una voz casi inaudible. Se aclara la voz y continúa-. Quiero anunciar una mejora en mis negocios. Invito a cualquiera que quiera hacer algo, que hable conmigo, tengo importantes novedades. Pondremos cuotas asequibles a cualquiera, en razón a su venta. Haremos unos paquetes y crearemos sucursales para que haya más representatividad nuestra.

El dueño del local habla:

-Hemos vuelto a prohibir los navajazos y ahora el que necesite algo tiene que acudir a mí o a los encargados de seguridad.

Tras esto, y sin perder la sonrisa, como si hubiera hecho una gran obra, le da unas palmadas al hombrecillo y se aleja a la barra.

Tras este momento, las peleas cesaron, las guerras y las disputas ya no eran tan habituales y todos continuaron con sus negocios, pero esta vez sin interferencias y hasta con ayuda.

 

¿Qué no? Tiempo al tiempo.

La verdadera iglesia

Creemos una iglesia. Una iglesia verdadera. Una iglesia de la que no nos avergoncemos. Hagámoslo desde la objetividad.

Y digo iglesia con minúscula, porque con mayúscula es la del Papa, la que roba, la que viola a los niños y la que sigue tragando del frasco de los gobiernos, la que engaña a sus feligreses para conseguir que el Papa coma todos los días posiblemente con una cuchara de oro y se bañe en leche de burra, por ser bien pensados.

Una verdadera iglesia debe empezar desde abajo, y no desde arriba. El Papa de la Iglesia Católica tiene poder para decidir hasta si el limbo existe. Da igual lo que se diga en las escrituras, da igual lo que dijera Jesús. No importa, lo que importa es tener a la gente más controlada que nunca.

Escuchar y no imponer

Para empezar desde abajo, una iglesia no debe decir lo que hay que creer, sino escuchar lo que cree la gente. Para que una religión sea auténtica y sea un refugio para los creyentes, debe empezar por escuchar a la gente, escuchar a los mayores y a los jóvenes, qué dicen, qué quieren y qué creen.

No podemos descuidar el aspecto conciliador de una religión. Se trata de unir a los creyentes del mismo signo, ayudarlos a encontrarse y tener un sitio dónde poder rezar, encontrarse y hablar de su fe.

Sin líderes

Esta religión no tendrá líderes, ninguno. No habrá ni Papas, ni obispos, ni cardenales… ni siquiera curas. La verdera religión debe ser una comunidad de iguales. Todos son iguales, todos tienen el mismo voto y todos pueden opinar y sacar conclusiones.

De nada vale tener a 15 ó 20 personas para mandar en una religión, cuando millones de personas en todo el mundo tienen una opinión contraria a muchas de las directrices de esa cúpula.

La imposición no es una religión, es una dictadura.

Interpretación consensuada

La Biblia la escribieron muchos… ¿por qué la tiene que interpretar uno sólo?

La fe de la Iglesia Católica se basa en que el cura de barrio enseña las escrituras a los feligreses. Aquél es enseñado por los maestros cuando se hizo cura. A estos maestros los enseñaron desde más altas instancias, que a su vez se basan en la interpretación de un consejo de “notables”, que interpretan la Biblia a su voluntad.

Mil millones de creyentes se basan en la interpretación de unos cuantos. Y que sea así.

Mi iglesia perfecta se basa en la interpretación de todos. Uno lee la Biblia, se da cuenta de un detalle que nadie ha caído, y lo hace saber a todos sus hermanos. Se hace una votación entre todos los que creen que esto es cierto. Gente que se haya leído la Biblia, gente que quiere opinar… todos decidirán si esto que dice esta persona puede ser cierto o no.

Tras esta votación, el nuevo hallazgo se enseñará al resto de feligreses.

Dinero controlado

Ladrones siempre habrá, eso está claro, pero cuanta más transparencia en las cuentas, mejor.

El dinero que se reciba de donaciones, ofrendas y demás, se destinará a partes iguales entre gastos de la iglesia y ayuda a los necesitados. Si profesas esta fe, es que estás de acuerdo con lo que Jesús dijo en su día, por lo tanto, la mitad de lo que des a la iglesia, irá a los necesitados.

Las cuentas de cada congregación las llevará un contable, alguien que crea o no en la religión pero que haya estudiado la profesión a la que se va a dedicar. Para evitar robos y demás, esta persona tendrá un sueldo. Será la única persona en toda la iglesia que cobrará, y será bajo la circunstancia de que será el que lleve las cuentas, y el que lleve las cuentas no puede trabajar gratis porque la tentación es muy grande.

La elección será llevada a cabo por un profesional externo a la congregación y ante la más mínima duda de fraude del gestor contable, se elegirá a mano alzada si se expulsa o no.

Las cuentas, así mismo, serán públicas. Todo lo que salga y entre en la iglesia será de dominio público, con todo lujo de detalles, excepto en las donaciones anónimas, que el nombre del donante será privado, pero la cantidad seguirá siendo pública.

Cualquiera podrá pedir una copia de las cuentas de una congregación de cualquier país y será entregada siempre, sea o no creyente, y sea o no de su congregación.

Exceso fuera

Al final de año, se hará la liquidación anual, quedando en la caja de la congregación un fondo establecido entre todas las congregaciones del país, y el resto que sobre, se repartirá entre los más necesitados de la congregación bajo el voto de todos.

Si sobrara algo de esta operación, se dará a los necesitados de otros lugares.

 

Esta sería la religión de la que un ateo como yo me sentiría orgulloso. Una religión en la que todos fueran iguales, todos pudieran opinar y el dinero fuera destinado a los que lo necesitan. Todo controlado.

Igual que a mí me gusta reunirme con mis compañeros de profesión o con los que comparto ciertas aficiones, los creyentes también deberían de poder reunirse con sus semejantes bajo el respeto de su fe, sin imposiciones.

Y ahora, si alguien quiere copiar mi idea, aquí la tiene.

Bin Ladem

Hoy nos hemos despertado con la noticia de que EEUU ha matado a Bin Ladem.

Un asesino ha muerto. Ha muerto el que provocó la muerte de tantos cientos de personas en las Torres Gemelas. El asesino que provocó tanto llanto y que medio mundo se estremeciera, ha muerto, lo han matado por fin.

La celebración por todo el mundo occidental no se ha hecho esperar y estamos como locos porque el terrorista hijo de la gran puta haya muerto.

Es cierto que no se merecía vivir, y menos en el lujo en que vivía. No se merecía respirar el mismo aire que el resto de los humanos, porque él es el más malo de todos los malos.

Obama ha salido anunciando la noticia y alegrándose de haber dado caza al asesino. Un discruso precioso.

Hasta aquí todo lógico. Es lo que la mayoría tendemos a pensar y nos alegramos de la noticia.

 

Veamos otra historia.

Un tipo entra en un colegio, mata a mucha gente y se larga. El tipo se esconde y logra burlar a la policía durante un tiempo. Unos meses después, la policía lo coge, pero lo mata en el instante.

La noticia llega a los medios: “Policía mata al asesino a sangre fría”. La gente se echa las manos a la cabeza, el FBI interviene, se captura al policía, se lleva a juicio y se le mete en la cárcel. El policía se pasa toda su vida en la cárcel.

El presidente sale condenando la actuación del policía. La familia del asesino recibe las condolencias del mismo presidente afirmando que su hijo iba a recibir atención psiquiátrica para reincorporarse a la sociedad y que lamentan la mala actuación de la policía.

 

Ambas historias son lógicas, ¿no? De hecho, la primera ocurrió esta mañana y la segunda habrá ocurrido cientos de veces en la historia de EEUU. Quizá nadie se sorprenda y todos piensen que esta entrada es absurda. Pero leedlas de nuevo.

Pintemos la primera del mismo color que la segunda.

Un asesino internacional atenta en EEUU. El presidente de turno, le declara la guerra al tío. Anuncia abiertamente que lo quiere vivo o muerto.

Su sucesor, del extremo opuesto de la política, sigue su tarea, lo busca, lo encuentra y lo mata a sangre fría en otro país, en otro continente. Nada de juicios, nada de tratamiento psiquiátrico, nada de apresar, nada de cárcel. Simplemente, asesinato.

El presidente no solo no condena el asesinato sino que lo anuncia abiertamente, se alegra, se vanagloria de ello y lo celebra. En todo el país se alzan gritos de alegría de “USA”.

En ambas historias hay muertes, en ambas hay asesinos sanguinarios que no merecen vivir, en ambas hay un asesinato del mismo asesino.

La diferencia son las reacciones.

¿Mi opinión? Muy clara. No actúes de una forma en unas circunstancias y de otra forma en otras. Eso se llama hipocresía. ¿Tu país es democrático? Hazlo bien.

Si vas a pillar al tío, llévalo a tu país y condénalo allí, o preséntalo ante la comunidad internacional para condenarlo entre todos. El resto vendrá solo, la gente se pondrá de tu parte.

¿Sabéis lo peor? Que no sé si es peor el remedio que la enfermedad.

Recemos porque la muerte de Bin Ladem no sea el peor error que haya cometido EEUU.

“Hoy todo se prohíbe”

Vivimos en una sociedad donde todo se prohíbe. Todo el mundo se queja de esto y nadie sabe por qué estamos gobernados por gente que se dedica a prohibir sin pensar en el bien de la gente.

Cuando trabajas con la gente y tienes que crear normas y leyes, te das cuenta de por qué hay que prohibir y prohibir.

Somos unos egoístas, desconsiderados y maleducados. Por eso se prohíbe. Si tuviéramos la más mínima conciencia y sentido común, no habría que prohibir.

Si regalan algo, desparece a los 10 minutos. Si se cae algo al suelo, que lo recoja otro. Si tenemos que tirar algo a la basura… bah, aquí mismo al suelo. ¿En mi mesa soy el único fumador? Pues que les den por culo a los demás, yo voy a furmar igualmente.

No sabemos respetar turnos. No sabemos esperar. Si podemos colarnos, nos colamos. Si un tío me mira mal, ya tengo la ballesta cargada. Tenemos más prisa que nadie. Nuestros problemas son peores que los de los demás. ¿Empatía? ¿Eso qué es? Si hablamos, queremos que nos escuchen. No nos gusta escuchar. Si aquello es un agujero, me cuelo. Si esto es un fallo, lo aprovecho. Si la ley me lo permite, lo hago. Si la ley no me lo prohíbe, lo hago. Si la ley lo prohíbe, lo hago peor.

Buscamos peleas constantemente. Siempre estamos enfadados. La opinión de aquél no me vale, solo vale la mía. Tú nunca tienes razón, yo sí. Si piensas diferente, fuera de mi vista. Mi país es mío, que no entre nadie de fuera.

Y prejuicios, muchos prejuícios. ¿Negro? Malo. ¿Rumano? Ladrón. ¿Gitano? Problemático. ¿Musulmán? Bomba.  ¿Hispanoamericano? Sudaca. ¿Estadounidense? Loco. ¿Catalán? Antiespañol. ¿Andaluz? Vago. ¿Euskadi? ETA. ¿Católicos? Secta. ¿Ateo? Antireligión. ¿Testigos de Jeová? Anti-vida. ¿Policía? Represión. ¿Leyes? Prohibición. ¿Aborto? Asesinato. ¿Homosexual? Enfermo. ¿”Viva España”? Facha. ¿Políticos? Corruptos.

¿Más prejuícios? Claro que sí, pero sería interminable.

Si algo nos molesta, lo atacamos. Si alguien nos ataca, contraatacamos. La vía pacífica no es una opción. Si me calmo, doy la sensación de haber perdido. Si me callo, ellos ganan. Si hablo pacíficamente, soy un cagado de mierda.

No pedimos perdón. No pedimos permiso. Yo antes que tú. Si no me dejas, te pisoteo. Nunca nos equivocamos. Nunca hacemos nada mal. Aunque me equivoque, tenía razón. Todo está justificado. Si lo digo yo, va a misa.

¿Os hacen falta más argumentos para entender por qué “se prohíbe todo”?

Educación es lo que nos falta. No tenemos educación. Me da vergüenza pertenecer a un país/sociedad donde tengo que ser egoísta para sobrevivir, porque si no es así, no avanzo.

Las prohibiciones son un castigo. Cuando aprendamos, las quitarán. En nuestras manos queda.